Por Carolina
XVI
La 29 tenía sus personajes memorables: profesores y prefectos que debajo de la coraza de estrictez y seriedad eran verdaderos camaradas, aliados y demás. “Profes chidos”, alivianados y cercanos al alumnado; “humanos”, imperfectos y sensibles, con valor personal y profesional. Como Gil, el maestro de educación física que lloró delante de la clase cuando nos reveló lo que le dolía su reciente divorcio y a quién el 3° C, acogió con palabras de ánimo para confortarlo. Pero definitivamente, Eva, la maestra de taller, no pertenecía a ese grupo y lo comprobé con la última sucia jugada que quiso aplicar.
Con el gesto terriblemente descompuesto, y con los ojos enrojecidos haciendo un intento de contener las lágrimas en sus pequeños ojos rasgados, Jessi, estaba enmudecida un día de los últimos recreos. Aquello no encajaba con su forma de ser habitualmente. Ella era una chica sonriente y ecuánime.
-¿Estás bien?- Pregunté. Entonces se abrió para compartir su malestar. Con tan sólo un par de semanas para culminar esta etapa, y de la manera más perversa, Eva supo aprovecharse de la presión que aquél último jalón exigía a los alumnos. El promedio, las calificaciones, eran determinantes para lo que seguía. De esto se valió para extorsionar a mi amiga: la amenazó con reprobarla y retener el trámite de su certificado si no le daba cierta cantidad de dinero.
La angustia la desbordaba. ¿Cómo obtendría ese dinero?, ¿Qué les diría en su casa? Ella se cuestionaba y nos insistía con la misma pregunta. En ese instante tuve que sobreponer lo correcto al miedo. Cuando le sugerí lo que podía hacer, el corazón me saltaba. Yo estaba asustada, demasiado -tal vez-. Yo misma podría tener represalias e incluso tener la misma consecuencia con que la había coaccionado a ella. Le dije que necesitábamos ayuda, que habláramos con Adriana, quizá ella podría hacer algo. Fue difícil convencerla, no quería hablar, la de taller se lo había prohibido. Sin embargo, tenía confianza en la profesora de español y sabía que no me defraudaría. Entonces, nos encontramos una vez más en el pasillo frío y sombrío que llevaba a la dirección, donde hablé primero por Jessi. Adriana nos escuchó con atención. La sorpresa, la preocupación y el gesto de desaprobación convivían en su entrecejo.
-Espérame aquí, tantito-, le dijo a Jessi en un tono desconocido. Era un una voz baja que jamás antes le había escuchado. Volvió después de unos minutos. Serenamente y con una mirada esperanzadora, se dirigió a Jessi:
-No te preocupes, ella ya puso tu calificación en el acta y ya no puede hacer nada. No le creas.
El alma le volvió al cuerpo, la tranquilidad era palpable y sé que en mis adentros también me había llenado de ella, que había regocijo porque en automático Jessi tenía de nuevo su sonrisa, enmarcada en sus cachetes todavía humedecidos por el discreto llanto que corrió sobre ellas.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.