Por Rosario
XXVIII
Casi desde que egresé de la licenciatura tuve interés en estudiar la especialidad porque amo la escuela. Me encanta estudiar, disfruto muchísimo la rutina escolar. Por distintos factores, principalmente el económico y los horarios no pude hacerlo antes, pero justo cuando trabajaba en ADO un amigo de allí y yo tuvimos la idea de estudiar juntos la especialidad, en ese momento de mi vida me encantaba el derecho corporativo y por ello opté por la especialidad en derecho empresarial, ya que era la que tenía más afinidad con esos gustos.
De esa manera, rápidamente puse manos a la obra. Estaba abierta una convocatoria para ingresar, por lo que realicé los trámites para obtener la constancia de idioma, el certificado de estudios, la copia certificada del acta de nacimiento y el permiso para ir a clases, pues resulta que salía a las seis de trabajar, pero justo a esa hora empezaban las clases. Al final mi amigo no entró a la especialidad, decidió que no era su momento, pero yo sabía que sí era el mío, así que sola me inscribí a la aventura.
Resulta que el primer día de clases estaba muy nerviosa, pues debido a mi difícil inicio en la licenciatura tenía miedo de que ocurriera lo mismo esta vez. Por fortuna no fue así: encontré un par de conocidas en mi salón; una de ellas era una compañera que conocí en el primer semestre de la carrera. Nunca fuimos grandes amigas, pero era de las pocas personas que conocí en esa etapa y que me ubican. La otra compañera era mi exjefa, la de la empresa en donde prestaba servicios por parte del Bufete Beltrán Merino. Eso me hizo sentir un poco de alivio y calma momentánea.
Los profesores de ese semestre para mí fueron los mejores que tuvimos. Desde el principio plasmaron sus reglas de clase e hicieron un ambiente competitivo. Todos nos presentamos y expusimos las razones por las que estábamos allí y eso ayudó a encontrar intereses afines.
En ese momento estaba feliz y muy comprometida con la escuela, deseaba dejar atrás el mal sabor de boca de la licenciatura por mis omisiones, así que trataba de cumplir al cien por ciento con tareas, lecturas, trabajos y asistencia a clases. Poco a poco y de manera rápida me hice amiga de Alejandra. Coincidíamos en el traslado al metro; teníamos algunas estaciones para platicar y nos ayudábamos con las tareas. Así sentía que formaba parte de algo.
Con Martha, mi exjefa, desde el principio nos llevamos bien. Fue un poco extraño conocerla en un ambiente diferente y dejar de lado las formalidades a las que estaba acostumbrada con ella, pero fue lindo empezar a tutearla y al compartir algunas salidas con los compañeros de clase, ella siempre me daba un aventón. Igualmente tratábamos de cuidarnos, de apoyarnos con tareas y trabajos e incluso tomamos juntas la materia optativa.
Casi desde el principio, al vernos Mara y yo (la compañera de primer semestre), ambas supimos que nos conocíamos. Ella no recordaba mi nombre, así que se lo dije y también en algunos momentos amablemente me llevaba en su auto al metro o metrobús, dependiendo de su ruta en particular. Fue buena compañera, me ayudó con trabajos, tareas, e incluso con información para las tesinas cuando hice el examen de titulación. Es una chica lista, con quien compartí buenas charlas y momentos.
En todo el proceso de la especialidad tuve el apoyo incondicional de la señora Esther. Ella se ofreció desde el principio a cocinar para nosotros. Acordamos que le pagaríamos por ello. Así lo hicimos y gracias a eso pude estar más tranquila en ese aspecto. Una persona nos ayudaba con la limpieza cada quince días en casa y eso también era un alivio para nosotros. En esos años me uní mucho a la familia de Israel, construimos una relación más sólida y linda. Siempre me dieron mucho amor y respeto.
La especialidad -sin lugar a dudas-, en el aspecto intelectual me llenó de muchos conocimientos y satisfacciones. Valieron la pena los desvelos y el esfuerzo constante para asistir a clases, hacer tareas y trabajos, también para estar a la altura, poder participar en las clases y mantener un buen promedio. De alguna manera la especialidad me ayudó a liberarme del mal sabor de boca que tuve en la licenciatura. La persona que era en ese momento me encantaba. No tenía todo lo que había soñado, pero sí me encontraba en un camino mucho más sólido y esa fuerza creo que se reflejaba.
Tuve dificultades en algunas materias, definitivamente reprobar o recursar a estas alturas de la vida no eran una opción, así que resolví las cosas de la mejor manera posible, con el apoyo de compañeras y amigas. Algunos del salón se quedaron atrás en el camino, tenían otros motivos y estaban viviendo momentos diferentes, la mayoría concluimos a tiempo y todos buscamos titularnos rápidamente.
Sufrí mucho en el examen general de conocimientos, pero me acompañaron personas importantes que me dieron fuerza para lograrlo. Asistieron Israel, la señora Esther, Araceli y mi amiga Bere. Incluso mi papá estaba tan emocionado que hizo una comida para festejar mi logro en su casa. La intención inicial era hacer la comida en la nuestra, pero por los problemas de salud de mi papá y las dificultades de movilidad para mi familia, decidimos tomar la oferta de él y hacerlo en Valle: con mi familia y en mis terruños. En realidad la decisión fue más mía que de Israel, porque hasta ese momento jamás le interesaron mucho mis logros académicos a mi papá. Así que el que haya ofrecido su casa e incluso mencionara que nunca me habían festejado, me robó el corazón por completo y la opinión de Israel pasó a segundo plano. A la comida asistieron Iraís, Mari, (la hija mayor de mi papá), Irma, Cris, mis sobrinos, Marce; la familia de Marce y una tía de Israel. Yo estuve más que feliz con mi familia, en mi casa, además encantada por ser la festejada y en paz por haber cumplido ese reto personal.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.