Por Juan Francisco
Un
niño, allá en lo alto de los montes del sur, paseaba un rebaño de ovejas. Iba
con unas sandalias de cuero que le había hecho su padre y con un sombrero de
paja que le había regalado su madre.
Llevaba
un buen rato caminando junto con el rebaño. Le gustaba ver a las ovejas pastar
por los montes. Sobre todo, le gustaba el ruido que hacían cuando se
encontraban unas con otras.
El
niño se tiró sobre la hierba y miró el cielo. Estaba azul, con algunas nubes
como ovejas. Se imaginó paseando a esas ovejas de los cielos. Allá arriba la
tierra era azul e inmensa. Sería maravilloso, pensó.
Sus
ojos se le fueron cerrando poco a poco. Estaba cansando. La melodía de las
ovejas lo fue arrullando poco a poco hasta que se quedó profundamente dormido.
Lo último que alcanzó a ver fue a una inquieta nube que saltaba en lo alto.
Abrió
sus ojos y se desarrugó el traje. Había soñado con su infancia, con esos
momentos de paz, de tranquilidad en el campo.
Se
levantó y se dirigió al balcón. Miró hacía arriba y sus ojos se encontraron de
nuevo con esas nubes con formas que ovejas que paseaban por aquellas tierras
azuladas.
Una
puerta se abrió a sus espaldas.
–Señor
presidente, Juárez –dijo un funcionario que entró a su despacho–, lo esperan en
la sala de reuniones.
Benito
le dio las gracias y el funcionario se marchó. Se giró y miró de nuevo al cielo.
Cerró los ojos. Aquella melodía de las ovejas y el aroma de la hierba aún
permanecían en su memoria.

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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.