Por Juan Francisco
Un
buen día, cuando se habían cumplido tres meses desde que perdí mi trabajo, la
suerte llegó a mi puerta de la manera en que menos lo esperaba.
Mis
ahorros se habían evaporado y me encontraba sin un centavo. Por lo que me había
enfocado al máximo en buscar algún empleo que sanara mis finanzas. Por
desgracia, mis esfuerzos fueron en vano. Hasta que llegó aquel día y aquella
herencia. Una herencia inesperada y trágica.
Un
tipo tocó a la puerta de mi casa. Le abrí con cierto recelo. Me dijo que era el
licenciado Ramírez. Tenía la intención de informarme de dos hechos de suma
importancia. Por un lado, me informó que yo era el beneficiario de una
herencia por un millón de pesos. Cantidad que pasaría a mis manos, después de
los trámites necesarios. Pero, el origen de ese dinero provenía de la muerte de
mi madre.
Tenía
al menos cinco años que no sabía nada de ella. Un día discutimos y dejamos de hablarnos.
No supe más de ella; menos cuando me fui a vivir a otra entidad. La primera
noticia que tenía de mi madre en años, era la que menos esperaba.
La
noticia me partió el corazón. No pude evitar llorar frente al licenciado
Ramírez. Éste se disculpó por darme tan mala noticia; me entregó su tarjeta para
contactarlo y se marchó.
Entré
a mi casa tratando de creer que aquello era una pesadilla. Pero al sentarme en
la sala no pude hacer otra cosa que resignarme y dar por cierta, la muerte de mi
madre. Para mí el dinero ya no significaba nada: ni siquiera un millón. Lo que
había perdido valía más que todo el dinero del mundo.

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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.