19 noviembre, 2020

El colgado


Por Juan Francisco

Mis ojos se cerraron de cansancio. Mientras el mundo de la realidad quedaba en el olvido temporal, un nuevo mundo comenzaba a surgir en las aguas de los sueños inconscientes. Ese sueño me llevó a un paraje agreste donde podían admirarse veredas verdes y árboles inmensos. Entre ese follaje boscoso pude observar una figura bastante extraña. Me encaminé en dirección a la figura que iba haciéndose más visible. Cuando estuve lo suficientemente cerca, pude observar cada detalle en su magnificencia. Se trataba de un hombre con mallas de color rojizo y un traje de seda azul celeste con un cinturón de piel negro en la cintura. 

Lo que daba más fuerza a la imagen de aquel hombre, era que se encontraba colgado de un pie. Su cabeza apuntaba al suelo mientras sus manos estaban escondidas tras su espalda. Una de sus piernas estaba cruzada y descansaba a la altura del muslo derecho. Usaba unas zapatillas de piel color mostaza. El hombre que colgaba, como lo dije antes, de uno de sus pies –el izquierdo para ser más preciso–, tenía un rostro impasible. No mostraba reacción alguna ni rictus de dolor o molestia. La cuerda que estaba atada a su pie estaba amarrada a una rama de un árbol aún más extraño. Era un árbol con la forma de una T. Sin duda se trataba de una afrenta contra todo lo conocido en la naturaleza. A los costados de cada rama horizontal surgían follajes parecidos a los que nacen de las zarzas.

Por un momento pensé que podría ayudar a aquel hombre a bajar, sin embargo, renuncié a tal iniciativa al notar que aquel ser no parpadeaba. Además, en su cabeza comenzaba a resplandecer una aurora tan brillante como la luz de sol. La imagen casi me parecía celestial, aunque la posición del hombre me recordaba más a la crucifixión de San Pedro. Fue en ese instante en el que entendí, o creí entender, quien era aquel ser y la razón por la que se encontraba así. De inmediato corrí en la primera dirección que enfocaron mis ojos. Corrí lo más rápido que pude sin detenerme a mirar por detrás del hombro. Los árboles comenzaron a secarse y el verde de los valles se volvió un pastizal marchito. El cielo se volvió rojo. Y el hombre, sin que tuviera que mirarlo a los ojos, sin verlo frente a mí, parpadeó. Pude ver su parpadeo no con mis ojos sino con mi alma. En aquel momento de frenesí por fin la oscuridad cedió ante la conciencia. Desperté. 




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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.