Román subió por el ascensor hasta
el helipuerto. Como todos los miércoles, iría al club de golf Magnates Gold. Cuando se encontraba en
la pista esperando, se acercó uno de sus asistentes corriendo a toda prisa. Sin
aire en los pulmones le informó que el helicóptero había sufrido una avería en
el motor de la hélice, así que no podría llevarlo a su destino. A Román se le
subieron los colores al rostro. Lanzó un insulto al asistente y lo despidió sin
misericordia alguna. De inmediato sacó su IPhone
último modelo y llamó a su secretaría.
–Quiero mi limusina aquí, de
inmediato. - Sin decir más, colgó y se dirigió al elevador.
Una vez que salió del lujoso
edificio –del que también era dueño–, se encaminó hasta la avenida. Empero, no
había señal alguna de su limusina. Otra vez sacó el IPhone y marcó el número de
su secretaría. Al otro lado de la línea se escuchó un silencioso: Hola…
– ¿Dónde carajos está mi…
–Disculpe señor Román, la
limosina presentó un problema con los frenos y la tuvieron que llevar a la
agencia para una revisión.
A Román se le salían los ojos de
sus cuencas. Estaba dominado por la furia.
–Eres una inútil, todos son uno
puñado de inútiles. Estás despedida. - Colgó.
El todopoderoso, Román se llevó
las manos a las sienes. -Esto es un
fastidio- , se dijo para sus adentros.
No tenía más opción. Tendría que
pedir un Uber. Odiaba solicitar un
servicio que no correspondía con sus estatus. No importaba que Uber tuviera servicio plus, ni autos aparentemente de lujo. Él
era uno de los hombres más ricos. Viajar de esa manera era una humillación.
Justo cuando se disponía a
solicitar el servicio, su abogado lo llamó.
–Señor Román, si tenía planes
para salir hoy será mejor que se abstenga.
–No puede ser… Tú también…
¡Carajo! Que no pueden dejarme en paz.
–La Fiscalía solicitó su arrestó
por lavado de dinero y delincuencia organizada. Van por usted en estos
momentos. Estoy tratando de lograr un amparo, pero el juez está pidiendo
demasiado dinero. Trataré de negociar con él. Mientras tanto, enciérrese y no
se mueva de su penthouse.
Román no dijo nada más. Corrió de
nuevo hacía el edificio. Con desesperación presionó el botón del ascensor. Le
parecía que la puerta se cerraba demasiado lenta. Lanzó un golpe hacía una de
las paredes del ascensor. Estaba hecho una furia.
Entró a su penthouse a toda prisa. Cerró con llave y puso todos los seguros. Se
sentó en su sillón estilo francés recién comprado. Las manos le temblaban. Se
levantó y buscó una botella de vino. Sin embargo, todas estaban vacías. Buscó
sin descanso, con los nervios en punta. Encontró una botella de vodka. No había
nada más. Tendría que conformarse con eso. Comenzó a moverse de nuevo hacía el
sillón cuando el timbre de su puerta sonó. El corazón se le detuvo y dejó caer
la botella. Ésta se hizo añicos al chocar contra el suelo. El vodka mojó su par
de tenis Nike de cuatro mil pesos. Ni
siquiera gruñó por el destino de sus Nike
de lujo. Su vista estaba clavada en la puerta. Otra vez el timbre. Una vez más.
Ahora golpes, más golpes.
– ¡Papá, papá! Las voces de un
par de niños sonaron tras la puerta.
Román reconoció sus voces de
inmediato.
– ¡Papá! ¡Abre! No tuvimos clases
y mamá nos dijo que podíamos venir a verte. Queremos que nos lleves al cine y a
Six Flags ¡papá!
Román se dejó caer en el sillón sin
fuerzas. Su celular comenzó a sonar de nuevo. Miró la pantalla, era su abogado.
Aceptó la llamada.
–El maldito juez quería medio
millón por el amparo, lo siento. Por el momento tendrás que pasar un tiempo en
la cárcel en lo que encuentro la manera de…
Román aventó su IPhone hacía la puerta. Sus hijos seguían
golpeando y gritando con desesperación. La furia había desaparecido dejando en
su lugar una sensación que Román no había sentido en años; una emoción que él
creía erradicada de su vida. La tristeza se sentó a su lado y le susurró al oído:
estás más salado que un bacalao.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
LPT: Cruzando la frontera de la ficción.