27 noviembre, 2020

La silla

 

Yo estuve aquel día que mi general Villa y el general Zapata se encontraron en Palacio Nacional. Yo era parte de la comitiva que traía mi general Villa. Es más, mi cabeza sale en la foto. Justo en la parte superior del hombro de mi general pueden verse un par de ojos infantiles mirando hacia la derecha. Ese par de ojos curiosos son los míos.

Les puedo contar lo que pasó aquella mañana. Aún lo recuerdo muy bien. Sigo atesorando ese recuerdo. Lo llevaré conmigo a mi tumba.

Mi general y el general Zapata llegaron juntos a caballo. Pasaron por la Alameda con un centenar de los hombres de cada uno haciéndoles compañía. Cuando llegaron a Palacio Nacional, fueron recibidos por varias personalidades. Eso no pareció interesarles a ellos. Mientras caminaba por los pasillos de aquel lugar lleno de historia y tragedias, mi general se detuvo al ver la silla presidencial. Le dio un ligero codazo al general Zapata y le dijo:

–Cómo ve mi general si nos tomamos una foto en esa silla.

–Esa silla está maldita mi general Villa. Quien se sienta en ella, se condena para toda la vida.

–¡Ora! No se espante, mi general Zapata. Na' más será una foto, pa' el recuerdo. Pa' que digan que en ella al menos una vez en la vida se sentó un verdadero hombre, un hombre como usted.

Zapata se puso serio y le respondió a mi general:

–Le acepto la foto, pero ni loco me siento ahí. Siéntese usted si quiere. Si fuera por mí, quemaba esa maldita silla de una vez.

–Calmado, mi general –dijo Villa con una sonrisa dibujada tras su característico bigote–. Pues nos tomamos esa foto y yo me siento ahí mero.

Dicho esto mi general Villa nos llamó a todos los presentes y nos dijo:

–Muchachos, 'amos a tomarnos una foto pa' el recuerdo. Aquí mi general Zapata y yo nos vamos a sentar ahí mero. Ustedes se me acomodan a los lados y atrás. Que vea esta gente que la Revolución no es obra de dos hombres sino de todos los hijos de patria.

Todos nos juntamos, bien arrimados. Mi general en la silla presidencial con sus botas altas y su uniforme militar. Zapata se sentó a su izquierda con el sombrero en la piernas. Todos nosotros miramos para adelante, hacía la cámara. El fotógrafo dio la señal, pero mi general Villa no aguantó la emoción y se echó una de sus características carcajadas.

Esa es la historia de aquella foto que quedó grabada en mi memoria. Jamás olvidaré a mi general, ni al general Zapata. Gracias a ellos pude ser parte de la Revolución que cambió este país.




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