Por Juan Francisco
La
calle es mi hogar. Sé lo que dirán: ese no es un hogar. Tienen razón, pero me
he acostumbrado a llamar hogar a ese inmenso mundo que conocen como calle. No
es un lugar limpio, aunque algunas partes son bonitas. Me encantan los parques
porque puedo jugar con otros como yo. Además las personas suelen dejar restos
de comida por todas partes. Mis lombrices agradecen eso. Realmente no tengo un
lugar fijo donde poder estar. Me muevo por aquí y por allá. Soy un vagabundo,
un trotador citadino.
Justo
en estos momentos me dirijo a una carnicería no muy lejos de aquí. El dueño es
un buen tipo. Quedan pocas personas como él. Cada vez que voy a visitarlo me
regala un hueso con bastante carne. Simplemente espero sentado a que me vea.
Cuando se da cuenta de que estoy ahí me lanza el regalo y sonríe. Yo también le
sonrió, aunque no se dé cuenta. Por eso muevo mi cola bastante para que vea lo
agradecido que estoy con él.
Me
llevo mi hueso hasta un parque cercano. Me tiro en el suelo bajo la sombra de
un gran árbol, con el hueso entre las patas. Lo muerdo hasta que me canso. A
veces pienso que mi vida es un poco ruda, demasiado difícil. No tener a una
persona que me acaricie, que me bañe, que me brinde una cama, un techo, un
plato de comida, llega a desanimarme. Al final pienso que al menos tengo algo
que muchos de mi especie no: libertad. Soy un ser libre que tiene como hogar el
mundo, como techo las estrellas y como compañero al amigable sol.

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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.