09 diciembre, 2020

Un día canino

 

Por Juan Francisco

La calle es mi hogar. Sé lo que dirán: ese no es un hogar. Tienen razón, pero me he acostumbrado a llamar hogar a ese inmenso mundo que conocen como calle. No es un lugar limpio, aunque algunas partes son bonitas. Me encantan los parques porque puedo jugar con otros como yo. Además las personas suelen dejar restos de comida por todas partes. Mis lombrices agradecen eso. Realmente no tengo un lugar fijo donde poder estar. Me muevo por aquí y por allá. Soy un vagabundo, un trotador citadino.

Justo en estos momentos me dirijo a una carnicería no muy lejos de aquí. El dueño es un buen tipo. Quedan pocas personas como él. Cada vez que voy a visitarlo me regala un hueso con bastante carne. Simplemente espero sentado a que me vea. Cuando se da cuenta de que estoy ahí me lanza el regalo y sonríe. Yo también le sonrió, aunque no se dé cuenta. Por eso muevo mi cola bastante para que vea lo agradecido que estoy con él.

Me llevo mi hueso hasta un parque cercano. Me tiro en el suelo bajo la sombra de un gran árbol, con el hueso entre las patas. Lo muerdo hasta que me canso. A veces pienso que mi vida es un poco ruda, demasiado difícil. No tener a una persona que me acaricie, que me bañe, que me brinde una cama, un techo, un plato de comida, llega a desanimarme. Al final pienso que al menos tengo algo que muchos de mi especie no: libertad. Soy un ser libre que tiene como hogar el mundo, como techo las estrellas y como compañero al amigable sol.




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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.