Por Carolina
Era un sábado por la mañana, con el frío característico de los días de invierno. Recién me levantaba, con el pesar de abandonar la calidez de mi lecho. Entonces, llamaron a la puerta, en un casi inadvertido golpe con la aldaba, como si fuese impulsado por una mano ya sin fuerza… La curiosidad de descubrir quién podía estar a esas horas en el umbral de mi morada, me impulsó a acercarme con premura, pero con sigilo.
Abrí. Una figura pequeña y un semblante marchito, endurecido por los marcados caminos dibujados en su rostro y acentuados por el gélido viento y bordeado de mechones grises, sobre una mirada de ocaso, pronunció mi nombre: Sofía. Los ojos me delataron antes que mis labios del estupor que sentí, - ¿Quién eres y cómo sabes mi nombre? –, La pregunta más obvia que sale ante una escena como aquella.
-Es difícil que me recuerdes, la última vez que te miré eras tan pequeña. Tus manitas, como las nubes del cielo, cabían entre las mías, que ahora más que antes, contienen todas las constelaciones; hoy las tuyas son grandes y ásperas, declaran tu trabajo en el campo… Y tus cabellos rubios y entrelazados como las espigas, acentúan esa mirada fiera que ha sustituido el mar de alegrías que brotaban cuando eras niña. -
Sólo había un hombre capaz de convertir la trivialidad en poesía y de mirar la belleza sobre las heridas. Y fue ahí cuando lo supe y rompí conmocionada. Aunque todo en su fachada ya había cambiado, la esencia de su alma había permanecido inmutable. Aquel hombre viejo, era mi abuelo.
Realizas un merecido homenaje a esas personas que, a pesar de los años y de la carga que representa la edad sobre sus cuerpos, son capaces de conocernos más que nadie. Solo los abuelos son capaces de hacer que nuestros corazones se partan por el cumulo de recuerdos nostálgicos. Sus cuerpos se marchitan pero sus almas perduran hasta la eternidad.
ResponderBorrarHola, Francisco
ResponderBorrarAsí es, los abuelos son un recuerdo recuerdo permanente en las memorias del corazón.
Saludos.