Por Juan Francisco
II
Stephen King escribió en su libro Mientras escribo una reflexión que aún tengo presente en mi memoria. El autor relata como un accidente, que casi le provoca la muerte, fue el detonante para valorar de nueva cuenta su vida. Se trata de un evento que le demuestra su mortalidad y le devuelve esos deseos ardientes por vivir y continuar con su labor como escritor.
Esta reflexión de King me hizo recapitular tres eventos de mi infancia en donde, quizás con mucho pesimismo, pude haber muerto. Los accidentes que tuve fueron a una edad temprana y sin duda me hicieron reflexionar bastante sobre mi existencia. Una reflexión mezclada con miedo y deseos exasperantes de trascendencia. Dicotomía que me llevó a encontrar a Heidegger y otros autores existencialistas. Pero retomaré eso más adelante. Lo que deseo en estos momentos es recordar aquellos eventos que, al igual que a King, me demostraron que la vida es demasiado corta y la existencia algo complejo de entender.
Cuando tenía diez años sufrí un accidente mientras se realizaban trabajos de construcción en el que en la actualidad sigue siendo mi hogar. Caí de una altura de más de tres metros. Antes de estrellarme contra el suelo logré meter una de mis manos para amortiguar el golpe. El daño no fue mayor gracias a ese acto felino. Solo tuve una abertura en la piel de diez centímetros a la altura del lóbulo izquierdo. Además, me disloque la muñeca izquierda. Al parecer –según recuerdo– todos los huesos de mi muñeca se movieron de lugar. No se trataba de una fractura, por suerte.
Aquel día me llevaron de inmediato al hospital. Apenas ingresé me trasladaron a urgencias donde me inmovilizaron el brazo con yeso y me cosieron la herida de la cabeza. Me tomaron radiografías que demostraron la ausencia de un daño en el cráneo. Asimismo, los estudios revelaron que no sería necesario el uso de clavos para arreglar mi muñeca.
La labor sólo sería el reacomodo de cada uno de los huesos. Para ello, me llevaron a otro hospital. Una vez ahí, me anestesiaron con una aguja enorme: no he podido olvidarla, por más que lo he intentado.
Comenzaron a acomodar cada uno de los huesos de mi muñeca. El dolor fue intenso. Al parecer, los médicos midieron de forma incorrecta la dosis de anestesia. Podía sentir cada jalón, apretón y movimiento que hacían para arreglar mi doliente muñeca. Ese dolor, esa experiencia, aún me sigue atormentando en sueños (no tan frecuentes).
Después de ese martirio, me volvieron a anestesiar; pude escuchar a uno de los médicos cuando se lo solicitó a una enfermera. Pasaron algunos segundos antes de que me sumiera en un profundo sueño del que no desperté por un buen tiempo.
Al abrir los ojos me encontraba en una sala con varias camas. El único paciente que estaba ahí era yo. El brazo lo tenía a un costado de mí con yeso. Me punzaba y me daba bastante comezón.
Mi padre llegó tiempo después con un cartón de jugo de mango y un flan de vainilla. Eso me dio un gran consuelo. Pensé –en ese momento– que, al final, no había sido tan malo. Es más, sigo consumiendo esos jugos de mango y ese tipo de flanes.
Esta evocación me hace pensar en la labor del escritor todos los días. Un escritor cae todos los días en su intento por crear una obra, llámese cuento, novela, relato, poema. Es una lucha constante contra sí mismo; contra esos demonios de la duda y la incertidumbre. El escritor se enfrenta a ellos con una convicción plena en que logrará vencerlos. Aunque con frecuencia esa convicción carece de la voluntad necesaria para creer en sí mismo. Si no crees en ti mismo, nadie lo hará. Y si no crees en ti, y nadie cree en ti, esos demonios no te dejarán crecer como escritor; así aquel cuento, novela, relato o poema, jamás podrá ser escrito.
Por ello es importante recordar que si caes en ese intento por darle vida a una obra, no es el final ni mucho menos. Es el principio de un largo esfuerzo por levantarte de nuevo y enfrentarte a tus demonios con más valentía y voluntad. Así como yo caí y me volví a levantar –maltrecho y con cicatrices que el tiempo no ha borrado—así deben levantarse todas aquellas personas que desean ser escritores.
Claro que no solo caes en la vida. También se presentan situaciones en las que esa caída es tan inesperada que te quedas sin fuerzas para seguir. Yo llamaría a eso una falta de vitalidad.
Yo experimenté la falta de vitalidad por unos cuantos segundos: se trata de un accidente que tuve mientras jugaba fútbol con mis compañeros. En aquella ocasión pisé el balón por accidente y caí de espaldas. Lo que sucedió a continuación es que también me pegué en la nuca. En ese momento dejé de respirar. Me ahogaba y no podía respirar ni por la nariz ni por la boca. Era como un estado de shock del que no lograba recuperarme. Solo veía rostros de niños asustados a mi alrededor. Me esforzaba por respirar y el resultado era el mismo: me ahogaba poco a poco. El intendente apareció justo a tiempo. De inmediato comenzó a hablarme. Trataba de tranquilizarme. Aflojó un poco mi pants, a la altura de la cintura para que pudiera inhalar y exhalar sin problemas.
Después de unos minutos que me parecieron horas, pude tragar una bocanada de aire. Comencé a respirar con dificultades. Los pulmones me dolían de una manera endemoniada. Me quedé acostado, en aquel patio de juegos, unos minutos más. Poco a poco me ayudaron a levantarme. Me llevaron a la dirección y llamaron a mi madre. Ella llegó completamente agitada y nos fuimos a casa.
Esa fue la segunda experiencia en la que, por un breve momento, sentí que iba a morir. La muerte es un evento tan repentino que es casi imposible disfrutarla y, mucho menos, temerle.
Esa situación, como dije antes, se trata de un ejemplo de falta de vitalidad. Una carencia de fuerzas por vivir. Puede presentarse de diversas maneras y formas, empero, en mi caso fue involuntaria. Si yo hubiese dejado de respirar o si me hubiese desmayado, sin duda, no estaría escribiendo nada de esto en este momento. Si yo me hubiera rendido en ese momento, no habría tenido la oportunidad de reflexionar, de nueva cuenta, sobre mi vida, la existencia y el sentido de ambas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
LPT: Cruzando la frontera de la ficción.