Por Juan Francisco
III
Cuando escribimos algo tenemos miedo a mostrárselo a otros. Tememos al juicio que destruya nuestras esperanzas y sueños por ser escritores. Ese miedo irrisorio que no entienden aquellos que no escriben, es el principal obstáculo para creer en nosotros mismos. Es como si la opinión de otros fuese un golpe fulminante que arrasa con el cuerpo de nuestras letras. Quienes han peleado en su vida –quienes realmente lo han hecho– saben que no puedes irte con las manos limpias. Si deseas defender lo que aprecias y quieres, debes hacerlo con el corazón, con todas tus fuerzas, con todo tu ser. Sangrar – simbólicamente hablando–, es parte de la labor del escritor. Solo el dolor de las decepciones, de los fracasos, de las derrotas, nos lleva al camino correcto para ser mejores escritores y no solo eso, ser mejores personas.
Tuve una vivencia que me recuerda lo que he expresado antes. Se trata de una pelea: una confrontación con otro compañero que me dejó problemas visuales en un ojo y el tabique desviado. Empero, me mostró que soy fuerte para soportar el dolor. Aunque también me hizo darme cuenta que debo ser más valiente para enfrentarme a aquellos que atentan contra lo que soy y lo que quiero.
Aquel día uno de mis compañeros me exigió que le diera la plastilina que yo había llevado para hacer una actividad. Me negué y eso hizo que se enfureciera. Ya había tenido problemas con aquel compañero, pero al final le restaba importancia. En su arranque de ira me golpeó con los puños una y otra vez en la cara. Realmente tenía mucha frustración encima. Sentí cada golpe con una fuerza destructiva. Empero, algo –sigo sin saber qué fue– me detuvo en mi intento por defenderme. Recuerdo haberle lanzado dos patadas, pero nada más. No metí las manos para protegerme ni hice el mínimo movimiento para lanzarme contra él. Me quedé ahí, inmóvil, y recibí más de una docena de puñetazos sin piedad.
Cuando el compañero se cansó solo se limitó a decirme: defiéndete marica. Sin duda esperaba algo que yo no le pude dar: una respuesta. Simplemente se alejó sin decir más y yo me senté en mi lugar. Continúe con mi actividad hasta que me percaté que sangraba de la nariz. Manché mi pupitre con aquel líquido escarlata. Me levanté y fui al baño. Un compañero me siguió de inmediato. No recuerdo qué me dijo. La verdad solo pensaba que quería lavarme las manos y quitarme esa sangre de encima.
Llegué al lavado y comencé a lavarme la cara. La nariz me dolía mucho. La tenía hinchada y me punzaba a intervalos. La sangre escurría de ella y se perdía en el desagüe junto con el agua que salía del grifo. Solo en ese instante pude llorar. Lloré por algo que no entendía. No lloraba por el dolor ni porque aquel desgraciado me hubiera golpeado. Lloraba por mi incapacidad de reacción; por aquella pasividad y cobardía para golpearlo como él lo hizo conmigo.
Con el paso de los años, me he dado cuenta que aquel momento sigue representando mi vida: soy un mortal que no sabe defenderse de los golpes de la dinámica diaria; pero que sabe resistir cada uno de ellos con fuerza, valentía y orgullo ciego.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.