17 marzo, 2021

Autobiografía I / La niñez

Por Gabriela Ytabily

I. Primera parte

El día que vi la luz por primera vez ocurrió algo peculiar: dicen que los bebés recién nacidos no pueden sonreír, pero según mi papá, lo primero que hice al conocerlo fue sonreírle y su mundo se iluminó. Creo que el mío también pues al tenerlo de papá tuve muchas aventuras.

Y así fue como comenzó mi paso por este mundo lleno de muchas peculiaridades, junto a mis primeros dos superhéroes: mis papás. Muchos no lo saben, pero mi mamá es súper fuerte; súper rápida y súper lista. Mi papá... ¡Ay, mi papá! Pues mi papá tiene muchos poderes. Se puede resumir en ser ¡súper chingón!

Y como él, yo a corta edad desarrollé algunas habilidades como las de meterme donde no me llaman. Desde que tengo uso de razón, al sentarme en su silla “de poder”, en su despacho donde todo problema tiene solución, gracias a los poderes de mi papá, donde la justicia siempre prevalece y se hace valer.

A los tres años llegó a mi vida mi primer hermano, quien muchas veces me hizo enojar pero con el que siempre puedo contar: Ernesto. Y qué nombre tan emblemático. Hasta un libro hay con su nombre: La importancia de llamarse Ernesto. Pero bueno, cuando pienso en él, a veces pienso en otro Ernesto: el Che, ya que en algún tiempo fue igual de idealista.

Pero ahora que lo pienso, creo que eso del idealismo lo tenemos en la sangre. Me contaba mi papá que mi abuelo Ernesto era igual, pero no queda ahí. Creo que los Herrera somos así, pues mi bisabuelo fue revolucionario en su niñez. Mi bisabuelo es oriundo de Iztapalapa y según él, era de sangre azteca, tal vez por eso soy tan necia.

Y tan necia soy, que recuerdo muy bien cuando mi hermano y yo descargábamos el camión del sonido, me enojaba si los chalanes no nos dejaban descargar y los acusaba con mi papá, ya que nosotros también queríamos trabajar. 

Era muy divertido faltar a la escuela para ir con mi papá a las tocadas. Llegar y correr a explorar el lugar a donde llegábamos, y perdernos por ahí, buscando con quien jugar, o molestando a los chalanes, ¡Pobre Lalo y Pisto! No les fue fácil ser nuestros niñeros. Aún recuerdo a Lalo atrás de nosotros gritando a Gaby. ¿A dónde vas? ¡No se vayan, tu mamá se va a enojar! O diciendo: ¡Bájense de ahí! Pues ya estábamos trepados arriba de los bafles.

Cuando caía la noche la tocada empezaba y mi papá al micrófono diciendo: “ yo soy la rumba” y poniendo música para bailar mientras las luces de colores brillaban en la pista como en un sueño. Todo era mágico, y cuando teníamos sueño mi mamá nos llevaba al camión; conectaba su pequeña radio televisión y nos tendía una cama.

Ya cuando compraron la camioneta café nos quedábamos en ella. Estaba súper: el asiento de atrás se hacía cama. Y peleando por acomodarla, le arranqué la uña a Ernesto con el sillón. Y mientras él lloraba, fui con mi mamá para decirle que no sabía cómo, ¡pero a Ernesto se le cayó el dedo! Ahora me da risa, entonces no quería que me regañaran, lo bueno es que no fue grave. Mi mamá se molestó, curó a mi hermano y tiempo después le creció la uña.

2 comentarios:

  1. Hola Gabriela. Tu texto me pareció inspirador. Manejas el lenguaje infantil de una forma magistral. Me agradó que describieras los primeros eventos con un tono heroico. Asimismo, me encanta el tono de comicidad que usas para relatar tus aventuras de niña. El que insertaras a tu hermano en tu texto demuestra lo importante que fue para ti. La reacción infantil que relatas al final es fantástica; es una reacción me arrebató una sonrisa. Saludos.

    ResponderBorrar

LPT: Cruzando la frontera de la ficción.