Por Montserrat
I
Es curioso como aún a pesar de todo, continuamos sin ver los pequeños detalles sólo porque son parte de la rutina… A lo que me refiero es a que todo los días voy por ese pasillo y no recordaba de qué color es el piso sin verlo. Es rojo. Tuve que asomarme a ver el color. No recuerdo la primera vez que miré el mundo, pero sí recuerdo cuando tomé consciencia de lo que me rodeaba. Pequeña y curiosa. Yo regresaba de la escuela, quizá, y en ese entonces ese pasillo era largo para mí. Los mosaicos del piso, rojos; las escaleras anteriores eran negras y de caracol. No recuerdo qué era lo que veía al entrar por aquella puerta de vidrio jamás cerrada, pero sí que el piso cambiaba de color: mosaicos del mismo patrón, en color azul. Después de cruzar el estante de libros inalcanzables entraba a la cocina, antes de la construcción de aquellas grandes casas, por la ventana se podía colar la luz del atardecer, y al lado derecho, la cama de la abuela. Sí, ella dormía en su cocinita. Siempre la miraba a ella al entrar; siempre ahí: sonriendo o durmiendo plácidamente. No hubo día en que no la viera ahí. Imágenes que de verdad se quedan incrustadas en el tiempo.
¿Alguna vez escucharon que Sofía significa sabiduría? Pues ese era el nombre de la abuela. Un nombre muy acertado: sensatez y conocimiento, algo que obtuvo desde el día que dejó su querida Oaxaca. Después, siendo muy joven, lo conoció: un hombre fuerte en todos los sentidos, así como su nombre, Julio. Ambos dejaron atrás su pasado para buscar un mejor futuro y al parecer encontraron más que eso: encontraron el inicio de una historia. Se encontraron entre ellos, un presente que definiría todo. Se volvieron raíces que dieron vidas: doce en total. Y de ellas, la segunda fue mi madre, quien tuvo cuatro hijos.
No sólo la abuela llevaba sabiduría en su nombre, también mi hermana mayor. Quizá su nombre es correcto porque eligió mi segundo nombre: Adriana, mi nombre favorito. Mi primer nombre lo sugirió mi segunda hermana. ¿Su nombre? Guadalupe, por la devoción de mi padre seguramente. Después de ella seguí yo: Montserrat Adriana. Es curioso que ambos nombres sean lugares y no tengan un significado en sí, tal vez es una señal para buscar mi sitio o algo así.
Como escribí antes, no recuerdo el día de mi nacimiento, pero estoy segura que mamá no lo olvidará. Ella dijo en mi último cumpleaños: “¿Sólo a ti se te ocurre nacer un dos de noviembre, en plena madrugada”. Y no la culpo. Creo que siempre he sido así: un poco imprudente. Ella con tantas ganas de ir a Toluca con mis abuelos y yo con mis ganas de conocer el mundo, que se lo impedí. Regularmente, al ser una fecha especial, las personas tienen reacciones respecto a mi fecha de nacimiento: alguna vez se rieron de mí; en otra ocasión, una niña me dijo que le hubiera gustado nacer ese día; una señora dijo que mi nombre debió ser Santa, que, ahora que lo pienso, no está tan mal.
Compartimos nuestra fecha de cumpleaños con tantas personas, y aún así, para nosotros es especial. Aunque a veces, pasa todo lo contrario: es como esas personas que odian la navidad porque nadie recuerda sus cumpleaños. Justo así fue para mí: durante mucho tiempo odié mi cumpleaños, pero no odié el día de muertos. De hecho, creo que era mi celebración favorita. Cada año la abuela me llamaba para ayudarla a colocar la típica ofrenda de muertos. No puedo contar el número de flores, pero sí de velas: grandes, pequeñas, suficientes y hasta demasiadas, comparadas con las que mi madre coloca. Alguna vez le pregunté a la abuelita para quién era cada una: “para su madre, para su primer hija, para su nieta…” Cuatro generaciones ignoradas por el tiempo, por mi tiempo. Todos ellos se quedaron en diferentes lugares, entre ellos Toluca, el lugar de origen de mi abuelo Julio.
Cada año regresamos a ese lugar: nuestras raíces. Un largo viaje matutino en autobús, paisajes que desaparecían en la carretera, aire limpio y clima frío siempre típico del estado. Parábamos en alguna villa para comprar flores y una última parada para visitar las tumbas de personas que jamás conocí. Recorríamos un largo camino de césped, casas decoradas para la ocasión, con pétalos anaranjados indicando el camino. Y un olor diferente, nada que ver con la monótona ciudad.
Supongo que por eso odiaba mi fecha de cumpleaños: porque no estaba en casa y aparentemente se olvidaban de mí. O tal vez porque siempre al regreso sentía una extraña nostalgia. Creo que por alguna razón, la última vez que fuimos, fue la más especial ¿No es irónico que en un día así todos estén felices? Como también es irónico haber nacido un día así: mientras algunas personas festejan la muerte yo festejo la vida. Y con el tiempo dejé de odiarlo, con el tiempo aprendí que no era el lugar, sino con quien estás.
Hola Montserrat. Me pareció excelente que mezclaras tu nacimiento con lo que despierta en ti la celebración del 2 de noviembre. Por supuesto que es una agradable coincidencia que nacieras en esa fecha, y la carga simbólica que tiene para ti la celebración es clave para entender la forma en que concibes el mundo. Esa mezcla entre sentimientos, emociones, tradiciones y costumbres le dan a tu relato un toque agradable y nostálgico. Saludos.
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