Por Jimena Morales
I. El feliz y último domingo de cada mes
En la colonia Luis Espinosa, municipio de Acapetahua, Chiapas, el día domingo se caracteriza porque en la avenida principal unos van y otros vienen a visitar a la familia. Para mi hermana Mari y para mí, era el día que esperábamos con más ansias.
Yo esperaba a Mari en la orilla de la banqueta de la casa, a las seis y media de la mañana aproximadamente. Veía a lo lejos cuando salía de la casa de mis abuelos maternos, ya que yo vivía con mi mamá y su pareja y con la futura llegada de Liz (que ya se sentía cómo se movía mucho en la panza de mi mamá).
Cuando Mari llegaba a la casa, le preguntaba si me iba ayudar a barrer el patio o qué íbamos hacer. Mari siempre decía que tenía sueño, pero nos poníamos a barrer para acabar rápido. Cuando terminábamos, nos bañábamos y mi mamá nos daba permiso para ir a ver los partidos de fútbol.
Llegábamos a la entrada del campo de fútbol y ya había mucha gente ahí, sin embargo, nuestra misión era esperar al tío Alejandro, más conocido como “Pecho fierro”. Cuando llegaba junto a nosotras, nos decía: ¨ Chamaquitas, hoy les doy sus 20 pesos: diez para cada una si me dicen la tabla del 2 y la del 3¨. Y ambas se la decíamos.
Con veinte pesos éramos multimillonarias, pero mi hermana y yo deseábamos disfrutar, saborear una nieve de vainilla; así que teníamos que comprarla. No era una misión fácil, teníamos que pedir y pagar el favor, pero no tenía que ser cualquier persona, sino una que no dijera nada, que no le contara a mi mamá.
Entonces buscábamos a Selene, que es nuestra prima para que nos comprara la nieve y también una para ella. Le dábamos dos pesos ya que cada nieve costaba un peso y cuando teníamos la nieve en nuestras manos, partíamos a nuestro escondite: el árbol de mango que se encontraba dentro del terreno de la escuela, donde también estaba el campo de fútbol. Corríamos hacia las raíces del gran árbol para poder escondernos y disfrutar la nieve, aunque primero debíamos pedirle a Dios que la nieve no le hiciera daño a Mari porque era asmática y ambas sabíamos que la nieve era algo que teníamos prohibida.
Después de un rezo, podíamos comernos esa nieve que no solo sabía a vainilla, olía y sabía a limón, melón, fresa, chocolate y un toque de vainilla. Ese momento se sentía y sabía a felicidad y complicidad. Así que yo esperaba con ansias mi rutina del último domingo del mes que era entre mi hermana y yo, acompañadas de escobas, rezo y el sabor de una nieve.
¡Excelente! Muy buen arranque. Es importante tener en mente, cuántas anécdotas tendrás en la fase de infancia para que no se haga una historia interminable. Es también importante revisar las opciones ortográficas que el documento de drive te da. Eso nos ayuda a adelantar la corrección de los textos. En la semana mándame la escaleta completa y sigue con tus relatos. Como es un texto corto, léelo completo en clase por favor.
Hola Jimena. Es una bonita e ilustrativa escena la que describes en este capítulo. La nieve es un regalo maravillo para la mirada soñadora de un niño. Poder disfrutarla, incluso hoy en día, nos remite a esos momentos de tranquilidad y secretismo. Saludos.
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