07 abril, 2021

II / Tarjeta de navidad

 Por Carolina García

II. INFANCIA 

Era el verano de 1998, recién había cumplido los 7 años. En aquellos días, mi padre se sintió mal una tarde en el retorno del trabajo. Los días pasaron y los estudios clínicos se hicieron… Pronto el hospital se convirtió en un lugar de visita frecuente, en un sitio que lo acogió por temporadas, dejando en nuestro hogar el sinsabor de su ausencia. A su lado mi madre, como siempre, fiel a su compromiso, cuidaba de él haciendo valer aquella promesa de acompañarlo también en la enfermedad y en lo adverso.

Yo era demasiado pequeña, me decían, para poder visitarlo en ese escenario. Entonces empecé a escribir cartas para él: notas y dibujos que me llevaban de contrabando hasta esa cama, para decirle a través de mis burdos trazos, el amor que le tenía y lo mucho que lo extrañaba. Esos intercambios en papel eran la preservación de nuestro cariño que viajaba en la distancia, el amor transmutado en líneas.

El tiempo avanzó vertiginosamente, tanto como el desgaste de su cuerpo, de su vida. Se deterioró como cualquier árbol ante el otoño; poco a poco fue enmudeciendo, marchitándose y perdiendo la fuerza. De algún modo trataba de levantarle el ánimo. Recuerdo que de una cartulina maltratada le hice un juego de tarjetas con dibujos y palabras, para que pudiera indicarnos lo que necesitaba.

Sin embargo, hubo una tarjeta especial, elaborada un 7 de diciembre que no recibió. Miré el calendario, conté los días que faltaban para Navidad, y decidí guardar aquella tarjeta de terciopelo rojo, bordeada de algodón, en lo que era la representación de una bota navideña, para esa fecha. Eran las vísperas del invierno, y hubo una mañana particular en que desperté más temprano. Había un sol tibio que entraba por el frente de la casa, era una mañana en calma.

Hasta que aquel sosiego se quebró, con la entrada abrupta de mi madre a la habitación. En su desesperación, nerviosa, quería trasladar al médico a la casa casi a través del teléfono, no podía esperar. Un tanque de oxígeno no daba para prolongar más la vida de mi padre. La muerte estaba a su acecho desde hacía algún tiempo. Silencioso pero impetuoso, un cáncer lo había estado consumiendo antes de manifestarse en síntomas.

Era un día martes cuando el desenlace de aquella enfermedad sucedió. “Sabíamos que esto tenía que pasar''-dijo mi madre, abrazándome en el pasillo de las recámaras. Yo no lo sabía. Me acerqué a la cama donde él reposaba, y de repente, todo el mundo había desaparecido. No supe dónde estaba el médico y la tía que había llegado a confirmar el hecho, simplemente estábamos él y yo. Ya no me escuchaba, sus manos estaban frías; acaricié su cara por última vez… Se había ido.

1 comentario:

  1. Hola Carolina. Se trata de un capítulo triste y desgarrador. Empero, que expresa y demuestra el gran cariño y amor que tenías por tu padre. Es lindo que atesores esos recuerdos a pesar de lo dolorosos que son. Te agradezco mucho por compartir ese momento, el último que tuviste con tu padre. Es de un gran valor simbólico. Gracias. Saludos.

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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.