16 abril, 2021

V / A todas nos gusta Gabriel

Por Carolina  

V

Esa agitación en el pecho y ese cosquilleo en el estómago fueron la evidencia de que estaba enamorada. Estaba en quinto año de primaria cuando mirar a Gabriel me ponía colorada. Por primera vez alguien me robaba un suspiro que guardaba con discreción ante el temor de ser descubierta. Pensaba que sentir aquello no era algo propio de mi edad, pero ahí estaba ya instalada esa sensación entrometida, invasiva, que me hacía dedicarle, en mis fantasías, varias horas al día. 

Él era de esos chicos que describen como rudos, populares, amante del fútbol. Lo recuerdo en los recreos corriendo con el sudor chorreándole desde donde nacía su rubio cabello, hasta donde terminaba su pecosa nariz. Era el más alto del salón, creía que eso era bueno para mí, pues con aquello de formarnos por estaturas, podía estar cerca de él muchas veces. Un día nos emparejaron para un bailable. ¡Eso se le daba tan bien! Se decía que su padre era bailarín, y pues, en efecto: él lo hacía con una gracia natural. Yo, contrariamente, era torpe, me costaba compaginar con su agilidad.

Todas hablaban de Gabriel, había un consenso en que era el más guapo de la escuela. En los chismógrafos que corrían entre las bancas no había opción diferente a encontrar su nombre en la pregunta: “¿Quién te gusta?” Tal vez se valía de eso para vacilar a toda niña que se lo permitía. Muchas fueron sus novias, afortunadamente no me conté entre ellas. Yo era la nerd, con toda la caracterización que el estereotipo abarca, y eso me valía un trato diferenciado para bien y para mal. Y, por supuesto, la marginación de muchas actividades sociales, aunque sinceramente no era algo que me afligía. 

El “Güero, calzón de cuero”, como le decían en tonadilla de burla, era grosero, de trato tosco e irrespetuoso. Con poco tiempo de estar observando a Gabriel, esa imagen romantizada que me había hecho de él se fue desdibujando. Pero el día en que definitivamente se desmoronó esa primera ilusión infantil del amor, fue cuando una mañana en el salón de clases, en ausencia de la maestra, estaba platicando con sus amigos de quién le gustaba. “Está sentada allá”- dijo. Indiscreta y curiosa llevé la mirada hacia aquel punto, y cuando advirtió mi intromisión, me soltó una sarta de insultos.

No sé qué era más grande: si el coraje, la vergüenza, o el dolor que me había provocado su contestación. Sus palabras me habían dejado una herida; una sensación punzante, desagradable, justo en el mismo lugar donde antes le había albergado algún buen sentimiento. El incidente humedeció un poco mis ojos, pero no lo suficiente para dejarlos desbordarse. Dejó de ser alguien significativo para mí y se volvió un compañero más, tal cual, hasta el término de la primaria.


1 comentario:

  1. Hola Carolina. El primer amor es el más doloroso. Generalmente este primero amor de niñez resulta ser también el primer desamor. Sin embargo, eso no nos arrebata el sentimiento y el sentir físico que provoca poner nuestros ojos en alguien más. Un alguien que adquiere demasiada importancia en nuestras vidas, y que al marcharse deja un cicatriz eterna. Saludos.

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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.