16 abril, 2021

IV/ Martín

 Por Carolina

IV. MARTÍN
Las memorias de la infancia iluminadas con sonrisas son los tesoros más puros que aguarda el corazón. No hay vínculo más honesto que el que generan dos niños cómplices de sus fantasías materializadas en juegos y alegrías. Eso teníamos él y yo. Martín y yo nos teníamos un profundo e ingenuo cariño que nos llevaba a decir, por ahí de los 4 o 5 años, que nos casaríamos cuando fuéramos grandes. Un día me regaló una pequeña y tierna imagen tallada en madera con dos pajaritos, uno rosa con velo de novia y uno azul con un sombrero de copa, con la frase:  “siempre juntos, cariño”. Éramos muy pequeños para entender que eso nunca sería posible.
Los dos nacimos en 1991, con diferencia de algunos meses. Juntos, éramos un contraste que se complementaba para mantener el equilibrio de nuestras ocurrencias. Él era osado y parlanchín, bajito, y yo seria, callada y mucho más alta que él, hasta casi después de la adolescencia. Solíamos jugar a la casita, al cinturón escondido y con figuras de los Picapiedra. Pero había cosas que ocultábamos: le gustaban los juguetes de su hermana, pero era severamente reprendido por los hombres de su casa que, con sus ideas arcaicas, lo regañaban cuando se le encontraba con una Barbie. 
Las tardes de las vacaciones de verano, eran cálidas y largas. Él la pasaba en mi casa, a donde llevaba a escondidas las miniaturas, esas casitas con muñecos chiquititos, que se perdían con facilidad en cualquier descuido. Y cuando yo iba a donde él vivía, salíamos a las calles aledañas para lanzarnos globos con agua. En nuestras aventuras más grandes, íbamos a los callejones de aquel lugar conocido como el llano. Había una cerrada donde, al fondo, estaba una casa con unos árboles enormes y un portón negro imponente donde, según él, vivía una bruja. Nos retábamos para ver quién era más valiente para llegar hasta ahí. La adrenalina nos invadía cuando, con el corazón en la mano, llegábamos hasta esa entrada, donde, por cierto, nunca vimos salir a nadie.

Un día verdaderamente tuve miedo. Yo tenía un par de muñecas arrumbadas que nunca me gustaron porque me asustaban sus caras amarillentas. Era de esas muñecas  de vestidos de encaje, de cabellos rubios y chinos, que cerraban sus redondos ojos azules cuando las acostabas. Estábamos en la sala, cuando en el rostro de Martín apareció un gesto de espanto acompañado de un “se movió la muñeca”. Su mirada clavada detrás de lo que había a mis espaldas me hizo voltear con sigilo, sólo para percatarme de que todo estaba igual. No le creí. Seguimos en nuestras cosas. De repente, gritó que la muñeca se había movido de nuevo. Sentí un estremecimiento horrible  que me hizo salir de la habitación. Luego me alcanzó apresuradamente, diciendo que ya se iba porque también ya le había dado miedo. Cuando regresé, la muñeca ya no estaba. La busqué por todos lados sin éxito. Al día siguiente la encontré detrás de la cortina. Había sido una mala broma…

Ambos teníamos mucho ingenio para planear cosas juntos, inventarnos historias y demás. Una Navidad hicimos una pastorela, donde una toalla azul en mi cabeza, fue mi manto para personificar a la Virgen. Creíamos cosas que nos mantenían a salvo, como no abrir cuando llamaban a la puerta porque era el robachicos. Nuestros juegos nos acercaban a esos anhelos que queríamos para nuestras vidas adultas: él siempre quiso ser artista de la televisión. Entonces actuábamos y cantábamos. Yo siempre quise ser maestra y la escuelita también era un juego frecuente.

Pero de repente una brecha comenzó a hacerse entre nosotros, no sé en qué instante se disolvió esa hermandad que teníamos. Íbamos creciendo a la par, pero en algún momento él fue más rápido que yo. Pasó a otros intereses, otras actitudes, otros amigos. Los juegos de la imaginación se terminaron. Pasaba el tiempo en su cuarto escuchando música, en las fiestas lo veía rara vez y hablábamos cada vez menos y la gradual llegada de las computadoras y el internet, empezó a absorberlo.  Él y yo fuimos primos inseparables en aquella niñez en la que coincidimos, nos hicimos valientes juntos y confidentes tantas veces.

 

2 comentarios:

  1. Increíble tu relato. Inexplicable o buena broma de la muñeca.

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  2. Hola Carolina. Es un relato que nos lleva a conocer la relación tan significativa que tuviste con tu primo. Por desgracia el tiempo avanza y las cosas cambian con su paso. El tiempo te arrebató a aquel chico, pero te dejó un álbum de recuerdos y memorias sobre sus aventuras y desventuras; sobre una etapa en que sus vidas fueron una sola. Saludos.

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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.