03 abril, 2021

VI/ Sarahí

 Por Juan Francisco

VI

Yo era un chico demasiado tímido. No me levantaba de mi asiento a menos que fuera para ir al baño. No participaba en las clases. No me interesaba hacer nuevas amistades, ni platicar con mis compañeros. Era un estudiante promedio sin grandes aspiraciones en la vida. En ese contexto de mediocridad y baja autoestima conocí a Sarahí. 

La primera vez que la vi -de una manera fortuita y accidental-, fue cuando cayó frente a mí. Literalmente cayó a mis pies. Lo digo sin presunción. Yo caminaba por el pasillo que daba a mi salón cuando Sarahí, que corría en dirección contraria a la mía, resbaló. Su caída, al menos para mí, transcurrió en una secuencia lenta. De repente la vi recostada a menos de un metro de mí. Reía y estaba sonrojada. Yo la miré sin ningún pensamiento en la mente. Estos arribaron un par de horas después, justo cuando uno de los profesores realizaba una verborrea que me era ajena. 

Sarahí fue una estrella desconocida y ajena, pero la más significativa durante mis tres años de secundaria. Ni siquiera sé si realmente se llamaba Sarahí. Lo supuse durante el tiempo que estuve enamorado de ella. En ningún momento me di a la tarea de investigar cuál era su nombre. Para mí era Sarahí. Siempre lo fue. 

La única ocasión que estuve cerca de ella y pude escuchar su voz, fue cuando saludó a uno de mis compañeros, Omar. Casualmente caminaba y platicaba con Omar en ese momento. Sin esperarlo siquiera, Sarahí se acercó a Omar (poco después me enteré de que eran buenos amigos) y comenzaron a charlar. Aproveché ese instante y me alejé silenciosamente en dirección a los baños. Me encerré ahí y me maldije por cobarde. Más aún: me reproché por amar a alguien que no conocía ni un poco. 

Recuerdo haber llorado por la desesperación de no poder decirle lo que sentía por ella. Esas lágrimas son las que más se presentan en la adolescencia. Así uno aprende a mirar al mundo como realmente es y no como deseamos que sea.



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