Por Monserrat
IV
Dicen que desde la infancia surgen varios traumas que se proyectan en el futuro. Creo que no caemos en cuenta de ello hasta que los vemos en retrospectiva. Específicamente me refiero a Rita o la tía Tronchatoro. Ella fue quien me crió, junto con mis otras tías. Pero ella fue la peor. Digamos que por ella tengo algunos traumas. Y es que fue ella quien me inculcó aquello de: “No hagas esto, es malo”. Creo que cuando se es niño, todo es malo y no hay suficientes explicaciones del porqué. O bueno, eso decía Rita. Todos le teníamos miedo. Además de no dejarme jugar con mi hermano, también me prohibió jugar con mis primas, con mis vecinas ( y ahora estas últimas me odian); me llenó de prohibiciones argumentando que todo era malo: los hombres, el té antes de dormir, y hasta ponerle mantequilla a los hot cakes.
No es lanzarle piedras a RIta, es sólo que así era. Cambió con el tiempo, pero no puedo decir que lo superé. Los golpes físicos no eran lo doloroso, sino los daños psicológicos: todas las veces que me prohibió “molestar” a Chayo; que me gritaba en casa y en público; decía que yo estaba loca y que era una neurótica. Algunas veces me escapé con mis otras tías, mis hermanas y mi madre, pero siempre tuve ese terrible miedo de que Rita llegara y me gritara enfrente de todos. Justo así, como en la película de Barbie, “Un cuento de Navidad”. Donde Eden se escapa con su mejor amiga, su tía se entera y va por ella gritándole a ella y a todo el mundo. Y justo así, como esa película, mi tía Rita me moldeó a su imagen y semejanza.
Yo tenía todo lo que quería por parte de mis tías, incluso de Rita. Pero a veces todo es nada. Era vivir como aquellas princesas de la vida real viviendo en una jaula de oro. Con todo y nada a la vez. Me sentía encerrada en mi propia casa. Crecieron muros alrededor de la casa que ocultaron lo único que llamé libertad en esos días: la puesta de sol que cada tarde sin falta, miré por el espacio del lavadero; poniéndome de puntitas para alcanzar a ver, aunque fuera un poco, de una hermosa vista que ya no pude retratar en mi lienzo.
Si hay algo que aún me asusta recordar son mis trastornos de sueño (si así se les puede llamar). Tenía un miedo incontrolable que me hacía llorar todas las tardes. Cuando mi familia se enteró, fue la abuela quien intentó reconfortarme. Me dijo que no pensara en eso. Finalmente superé ese miedo, pero después llegaron problemas para dormir y mi miedo a que llegara la noche. Ahora no recuerdo cómo lo superé, pero admito que estoy orgullosa de esa niña valiente.
Recuerdo los colores morados y verdes con una imagen de Tom y Jerry, de mi mochila nueva. Era hora de iniciar una etapa nueva: la primaria. Entré semanas después por una extraña enfermedad en mí. En comparación al kinder, yo estaba muy emocionada de entrar a la Primaria, Cada tarde mi madre llegaba con los ejercicios hechos ese día: colorear todo lo que fuera rojo, después azul... Imaginaba cómo sería iniciar la nueva escuela. Pero no todo es como lo imaginamos. Llegué a aquel nuevo lugar más grande y aburrido, pero que de hecho, yo ya había visto antes en un sueño. Entré y todas esas caras nuevas tenían una expresión de extrañeza. Una rutina nueva y personas nuevas. Se repartió el desayuno, algo nuevo para mí. Recuerdo ese primer pan y esa cajita de leche. Yo estaba feliz con el desayuno mientras que los demás jugaban con él. Los guardaban o tristemente los tiraban.
Mi primer contacto “humano” fue con el niño a mi lado de nombre raro. Intenté hablarle, pero no fue muy amable que digamos. Ese fue mi siguiente trauma: no hablar a menos que fuera absolutamente necesario.
Me volví mucho más tímida, además de mi ignorancia sobre la vida. Lo que fue una oportunidad que los niños aprovecharon: se reían de mí, me acusaban de cualquier cosa, me excluían. Un niño cortó las colitas de mi muñeca colgando de mi mochila, que era un regalo de mi tío Juan. Para esos momentos la profesora Graciela ya tenía problemas conmigo, pero nunca supo que jamás fui yo. Tuve una amiguita: Cecilia, pero jamás fue amigable.
Mi hermano llegó a la escuela, pero él ya quería seguir su camino, conocer nuevos niños, ser independiente, algo que yo hasta mis veintiún años no he podido lograr. Estuve sola casi todos esos seis años. Tuve unas cuantas amigas, pero la historia se repetía: sólo querían hablar de ciertas cosas y si no era de mi agrado, se volvían mis enemigas, muy malas por cierto.
Fue difícil, pero para mí era normal, nunca conocí más allá de las murallas de la casa. Había una niña que, aparentemente tenía todo, no sólo era presunción, ella era reconocida, inteligente y bonita. Karime, “la niña perfecta”. Siempre quise pertenecer a su círculo de amigas, otras tres niñas iguales a ella. Con excepción de Alexia, ella era diferente a las otras tres. Todos creían que estaba obsesionada con Karime. Y sí. Pero no piensen mal: yo sólo quería ser como ella, pues hasta ese momento creí que todo su alrededor era perfecto, pero esa perfección fue derrumbada por su horrible personalidad.
Cada año era lo mismo, yo siempre fui la niña excluida, la callada. Tenía ideas ingeniosas, tomaba la iniciativa, compartía trucos nuevos, pero el crédito siempre me era robado y a mis ideas las llamaban patéticas. Me sentí como Bella de “La bella y la bestia”, adelantada a su época y sin encajar de verdad en un pueblo donde le temían a lo diferente. No todo eran cuentos de hadas, no siempre los castillos se mantienen en pie. Crecí sola y jamás me di cuenta de eso hasta ahora que estoy escribiendo estas líneas.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.