Por Estela
IV
Mi tiempo había llegado: tenía que ir al Kínder. No me quisieron aceptar cuando tenía 3 años aunque a la semana sería mi cumpleaños. Ahora, con 4 años cumplidos, a los pocos días sería la más vieja de todo el salón con 5 años.
El primer día marcaría la misma rutina: nos despertábamos, desayunábamos; Ana hacia tarea y mi mamá el quehacer. De fondo la radio o su disco favorito del grupo Límite. Nos bañaba, comíamos y corríamos para la escuela. Un paso de mi madre representaban 4 pasos míos corriendo. Mi hermana entraba a la primaria y luego me dejaba a mí.
El primer día que asistí a clases, vi a niños llorando antes de entrar. Ese día hicimos figuras con plastilina. A mí me salían muy bien las lombrices. Vi a un compañero hacer una piñata con todos los adornos y me decepcioné de mis lombrices.
Después de clases, la primera en salir era yo. Mientras esperábamos a mi hermana, jugaba con mis compañeros y mis amigos que estaban en la misma situación. Luego realizábamos compras y regresábamos a la casa con un paso más tranquilo que el de la mañana.
Al segundo año de mi estancia, mi prima Laura asistió al mismo kínder que yo. Cuando se enteró de la noticia comenzó a llorar. Mi tía le preguntó el motivo de su llanto a lo que ella respondió:
- ¡No quiero ir al kínder porque me van a preguntar las tablas y yo no me las sé!
Hola Estela. He de serte sincero, la frase: y me decepcioné de mis lombrices, fue genial. Me arrebató una buena risa. Pude imaginar la escena y tu rostro al ver aquella piñata. Me gusto mucho el capítulo. Refleja la cotidianidad de una niña que se abre paso en el vida.
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