Por Juan Francisco
IX
Todo lo que pasó a lo largo de esos tres años, en ese largo capítulo de mi vida, se cerró el último día de clases. Aquel momento puso punto final a mi adolescencia y a mis traspiés por la vida. El último día de clases es simbólico para la mayoría de los chicos de secundaria. Es un conteo regresivo que los presiona para recabar todo acto de valor para la memoria.Algunos se dejaban colocar dedicatorias sobre su última playera blanca, aquella que usaron para las actividades deportivas. Otros, los más favorecidos tecnológicamente, se tomaban fotografías con todas aquellas personas que significaron algo importante para sus vidas. Finalmente, hay quienes prefieren el clásico cuaderno de dedicatorias donde quedan plasmadas frases y textos de despedida.
Si tuviste un ápice de popularidad, tienes la oportunidad de escribir en aquellos cuadernos de dedicatorias. Yo pude escribir en varios de ellos. Para bien o para mal, la mayoría de los compañeros me consideraban un buen tipo. Algunos, incluso, un buen amigo. Recuerdo a varios de ellos: Omar, Miguel, Oscar, Ariadna, Tapia (olvidé su nombre), Emmanuel, Itzel, son los únicos nombres que logro recordar.
Pero hubo alguien más. Una chica llamada Teresa. Ella me pidió que escribiera en su cuaderno. Eso hice. Entre las decenas de dedicatorias se encontraba la mía. Por fortuna, fue la última. Fue una dicha que eso fuese así porque en mi dedicatoria hacía ella plasmé una carta de amor improvisada.
Teresa era una chica guapa que no se consideraba como tal. Durante años se burlaron de ella por su nariz. No es que fuese ancha ni que tuviera dimensiones exageradas. Simplemente tenía una nariz delgada y afilada; no aguileña, sino más de tipo eslava. No obstante, mis compañeros la apodaban ”Calamardo”, una referencia que estaba de moda en aquellos años por una caricatura popular. Cada vez que le llamaban por su mote, yo notaba que Teresa se molestaba y se entristecía.
La verdad es que no la traté mucho, como a la mayoría de mis compañeros. En cambio, fue a ella a quien le mostré mis sentimientos a través de aquella dedicatoria. Por supuesto que mi texto fue anónimo. Quizás ella llegó a descubrirlo, aunque eso es un misterio para mí.
En el momento que tuve frente a mí esa hoja en blanco, tuve la certeza de lo que quería expresar. Le escribí lo que salió de mi corazón, de lo más profundo y desconocido de él. Le dije que para mí era una chica bonita, que no tenía porque preocuparse por su nariz ni por las burlas de los demás. Al final, lo verdaderamente importante era lo que ella pensaba de sí misma. Le aseguré que era una chica de sentimientos nobles que se escondían tras una máscara de indiferencia. Además, le confesé que su sonrisa era una bendición, sobre todo, para mí. Ella era una chica que, sin duda, llegaría lejos en la vida y que, estaba seguro, terminaría con un buen tipo.
Cerré mi carta con la confesión de que me gustaba en todos los sentidos. Y que, si yo hubiera sido más valiente, le hubiera pedido que fuese mi novia. Pero el tiempo se había terminado y quería despedirme de ella no sin antes decirle lo que sentía.
Al final, -recuerdo- coloqué un poema sobre la comparación entre su belleza y un jardín secreto que solo algunos pueden descubrir si miran más allá de lo aparente; un jardín capaz de dejarte sin aliento y con el corazón latiendo a todo galope.
Aún puedo ver aquellas letras sobre el papel configurándose en: "Adiós Teresa, fue un placer haberte conocido y poder admirar tu belleza. Tu admirador secreto, que te quiere en silencio". Le entregué el cuaderno aprovechando la hora de salida. Sabía que no tendría tiempo de revisarlo en ese instante. Y también estaba seguro que no volveríamos a vernos.
Hoy pienso que al escribir esa nota, no era solo a Teresa a quien se la dedicaba. Creo que era un escrito que estaba destinado a las tres chicas que fueron el motor de cambio en mi adolescencia. Un cambio que exigía que me volviese más fuerte, seguro y decidido. Si bien no logré hacerlo durante tres años, algo cambió en mí. Ese algo me impulsó a seguir adelante y no rendirme. Betty Pasadores, Sarahí y Teresa me mostraron un mundo que desconocía y que existía más allá de mí. Un universo que se mostraba con cada paso que daba. Un camino que todavía vigilan sus monumentos imaginarios, en aquel jardín de flores, colores y aromas angustiantes, y que me lleva todos los días más allá de la libertad.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.