19 mayo, 2021

Autobiografía/ Capítulo 6

 Por Carolina

VI

Lo vi meter sus manos en un charco que habían dejado las primeras lluvias que anunciaban la próxima llegada del verano. Sentí horror de aquellas manos húmedas y terrosas que se aproximaban a tomar las mías. - ¡No me toques! – sé que lo dije en el volumen más fuerte de mi voz, y que lo impacté, al grado de generarle un sobresalto que le hizo dar un paso atrás y poner cara de confundido. La verdad no recuerdo haber tenido algún otro diálogo con él. Era callado, se limitaba a tratar de seguir los pasos de aquella coreografía montada con una canción que en ese entonces sonaba y que me parecía bastante triste por la tonada, de la autoría de los Backstreet Boys. Era nuestro vals de salida de sexto y lo ensayamos hasta el hastío en aquel enorme patio.

Era, entonces, mi cabeza un manojo de emociones diversas; principalmente hundida en la incertidumbre y la nostalgia. Ciertamente la primaria me había regalado un sinfín de experiencias alegres pero muchas más, dolorosas. Me tocó ser la que no tenía papá, la ñoña segregada y a la que se le cargaron en abundancia, apodos en virtud de su apariencia de aquellos años: que si los lentes, la trenza, etc. Se estaba consumando esa etapa. Cerrar ese ciclo era ser libre de aquel bullying.

Sin embargo, dejar aquel escenario tan bien conocido y dominado por 6 años no era fácil, pues me ataba a él, aún sobre el dolor, un profundo cariño por mi escuela, sus salones y algunos profesores. Un sentimiento de tristeza se pronunciaba al pensar en el abandono de aquel lugar y el malestar de mis pensamientos se agudizaba ante la duda de lo que veía después. Pensar en la secundaria me inquietaba bastante. En esos últimos meses, los días se iban entre estudiar para el examen de ingreso, ensayar el cambio de escolta y practicar los bailables para nuestra despedida. ¡Cómo me entristecía esa palabra!

Empezaron los intercambios de cartitas hechas de las últimas hojas arrancadas de los cuadernos que ya no servirían más. Las caritas, los colores y la tradicional e incumplida promesa hecha por la mayoría del: “Nunca te olvidaré”, era la estructura común de todas las dedicatorias. Yo las recibí de Natalia, “la topo”, Julieta, “la enana”, Blanca, “Ariel” y otros pocos más que me dejaron sus notas que aún atesoro en una pequeña caja de madera sobre mi librero. No me olvidé de mis amigos de ese entonces, ni siquiera de sus apodos, pero después de la primaria las circunstancias hicieron que nos separarnos hasta perdernos el rastro y sólo muy pocos de nosotros volvimos a reencontrarnos muchos años después.

Llegó el día. Todas uniformadas con vestidos lila, peinados vistosos y algunas ya, hasta con zapatillas. Nos encontramos para una pequeña ceremonia de acción de gracias; después una fiesta, donde mi introversión no me ayudó a disfrutar de aquel último momento con mis compañeros. Ese día recibí, tal vez, una de mis mayores sorpresas que impactó a mi corazón con un chispazo de alegría inesperada que vino a sanear un poco de aquellas heridas que las burlas me habían sembrado.



Miguel me había invitado a bailar. Se murmuraba, desde hacía un tiempo atrás, que estaba enamorado de mí. Pero no lo creí hasta esa tarde, en que, con timidez, a través de uno de sus amigos me invitó a la pista. Esa efímera ilusión, me devolvió un poco de esa autoestima que me habían mermado las burlas. Sin embargo, la timidez y la vergüenza me cohibieron y no pude aceptar. Sólo se encontraron nuestras miradas desde cada extremo del salón, recuerdo su cara redonda aderezada por esos ojos claros y esos chinos que le colgaban de cada lado. Pero ese baile no quedó pendiente, sino sólo postergado para unos años después…

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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.