19 mayo, 2021

Autobiografía / Capítulo 7

 Por Carolina

VII

Los arcos y las columnas en los patios gemelos eran la remembranza obligada de la belleza arquitectónica del antiguo Colegio de San Ildefonso. La escalinata al centro, que se percibía como interminable cuando se le miraba desde los primeros peldaños, se dividía en dos al llegar a un busto de bronce con una placa de agradecimiento al empresario Santiago Galas. Y de frente, un impresionante mural esbozaba los vestigios del México prehispánico. Durante tres años seguidos no me cansé jamás de admirarlo.

El recinto que albergaba mi nueva escuela guardaba un sinfín de sucesos históricos: desde ser la primera Casa de moneda, el cuartel de las tropas juaristas y zapatistas; la casa de descanso de los Habsburgo y hasta una cárcel. Incluso, ostentaba un par de mitos que me hubiera gustado comprobar, como el de los túneles debajo del auditorio que, se decía, desembocaban en los callejones de San Fernando, pero cuya existencia siempre fue negada por los profesores. Tal vez para no incitar a los curiosos a meterse en algo que no debían.

Cada rincón de aquel viejo edificio me fascinaba, me intrigaba y emitía una magia peculiar que me hacía sentir en el lugar más hermoso de la Tierra. O por lo menos, de lo que conocía hasta ese entonces, con 12 años. Me enamoré de la música, de las notas que emitía la vieja pianola que se decía, había sido de Carlota. Y aunque la maestra Isabel me imponía por su carácter, me encantaba con las notas. El salón de música estaba al fondo, en uno de los lugares más alejados de toda la escuela. Su puerta era enorme y pesada y, al cerrarse, era capaz de aislar la música que emitían 40 flautas.

Pero a toda la historia contenida en sus paredes se le sumó un trágico suceso que marcó a nuestra generación a las primeras semanas de haber llegado ahí. De mis ex compañeros de primaria, sólo una comapañera había coincidido conmigo en la secundaria y en el mismo salón. Habíamos sido sólo compañeras en la escolta y fuera de reconocernos las caras, no había ningún vínculo entre nosotras. Repentinamente, con tan solo unas semanas de haber iniciado las clases, ella se ausentó misteriosamente.

Pronto inició una tremenda movilización e investigación entre las aulas, los profesores y particularmente, con nosotras las mujeres. Nos entrevistaron en pequeños grupos y nos hicieron preguntas sobre ciertos profesores, e insistente y reiteradamente sobre algunos temas. Pronto las murmuraciones y las señalizaciones hacia un profesor de música coincidían entre las alumnas de nuevo ingreso y las que ya llevaban más tiempo ahí. Cierto era que se trataba de un tipo peculiar: aparentemente gentil, regordete, de cabello cano y una sonrisa torcida que le enmarcaba en un gesto raro. Nuestras primeras clases fueron con él.

Con los primeros exámenes del bimestre, una niña de rostro descompuesto, mirada caída, temerosa, rígida, ensimismada y muda, tomó asiento al fondo del salón. Nos pidieron que abriéramos las ventanas para ella. Su madre estaba esperándola afuera del aula. ¡Había vuelto! Creo que todos la miramos con sorpresa y curiosidad. Ya no era la misma, le faltaba alegría y le sobraban miedos. Después de aquella vez, no volvimos a verla en la escuela. Poco tiempo después lo supimos: aquel hombre había abusado de ella.

Sin embargo, durante el desarrollo de las investigaciones se trataron de mantener las apariencias de normalidad, pues un “incidente” como aquel, era un golpe fuerte para una de las instituciones educativas que en aquel momento, presumía de ser una de las de más alto nivel en el D.F. Y aún así, a sabiendas de lo acontecido y poco antes de que esto saliera a la luz, a este sujeto, de repente, todavía se le encontraba por los pasillos de la escuela. Ya no en su rol de profesor, pero sí con esa mirada cínica, ese andar despreocupado y sin conciencia de las acusaciones.

Fue un sábado por la mañana, cuando ahí estaban los consejos de mi madre alertándome; en mis oídos repitiendo cómo debía cuidarme desde que era niña. Nunca lo tuve tan presente como aquel día que fui a la secundaria para practicar con la banda de guerra y lo miré salir de aquel sombrío pasillo cercano a la dirección. Me sonrió. Nunca un gesto de esa naturaleza me había dado tanto miedo. Lo saludé y me fui apresuradamente a donde estaban mis demás compañeros. Tenía una agitación en el pecho y una marcada sensación de desconfianza. Fue la última vez que lo vi en aquel lugar.

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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.