Por Ofelia
VII
Ya casi casi cumplidos los 18 años tenía planeado trabajar, ser independiente. Claro, sin descuidar lo que siempre se nos inculcó: "estudiar". ¡Ah! Mis respetos para aquellas personas que estudian y trabajan al mismo tiempo. Solo le platiqué a mi mamá mis planes, pues con mi papá no lo hacía. Con eso era suficiente, pues ellos se comunicaban todo y a su vez mi papá le platicaba a mi tío.Aún no cumplía mis planes pero como si ya lo hubiese hecho. Mi tío, ni siquiera mi papá, me dijo: “Estás mal. Dedícate a estudiar. Te va a gustar el dinero y vas a dejar la escuela”. Me sentí muy mal porque no le veía nada de malo. Tampoco me podía quejar: teníamos todo, como dicen por ahí, en charola de plata.
También nos enseñaron a ahorrar. Administraba bien 20 pesos que me daban para mis pasajes: solo ocupaba cincuenta centavos para el transporte de ida (si no mal recuerdo) y otros cincuenta centavos de regreso. Claro que esto implicaba caminar de 5 a 10 minutos. El resto lo guardaba. Con eso llegamos a comprar zapatos de la marca Andrea, algunas cosas de Tupperware y ropa, sin necesidad de pedirle dinero a mis papás, que solo nos compraban ropa en año nuevo o en nuestro cumpleaños.
Cumplida la mayoría de edad, mi papá (supongo que de felicidad, gusto o lo que haya sido) bebía una cerveza y me invitó un vaso. Después otro, hasta que en el tercero, ya estaba yo bien happy. Mi papá también ya estaba entonado y necio queriendo que yo siguiera bebiendo con él e insistía, pero mi mamá lo regañaba diciéndole que ya no me sirviera otro vaso. Yo aún en mis cinco sentidos, le dije a mi hermana que me sentía bien. Sin embargo, mi mamá le dijo que ya me llevara a dormir. Como jovena bien portada lo hice. Aunque no se me olvida la cara de enojo de mi mamá. No conmigo, sino con su amado.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.