27 mayo, 2021

Autobiografía XIII / La conquista

Por Juan Francisco

XIII

El ordenador estaba encendido frente a mí. La noche me había alcanzado y con ella la presión por terminar la tarea. Estaba cansado y deseaba dormir lo más pronto posible. Una notificación me sacó de aquel momento de profunda desdicha. Messenger me notificó sobre un nuevo mensaje. La chispa adecuada me envió un mensaje sencillo y enigmático: Hola.

En un primer momento no entendí que estaba pasando. Yo no era popular, por lo que no había muchas personas que me enviaran mensajes y menos a media noche. Aquel sobrenombre no me decía nada. El texto que acompañaba a ese “Hola”, me aclaró todo en un segundo.

-La carta fue un detalle muy bonito…

Vale la pena decir que los párrafos subsecuentes no fueron de mucha importancia. No tanta como aquellas primeras palabras. Era ella, la Maga.

De algún modo ella consiguió mi correo electrónico y, por ende, halló un camino para llegar a mí. Habían pasado un par de semanas desde que Moe le entregó la carta.

En ese instante solo pensaba en blasfemar contra el buen Moe: - Maldito, cómo pudiste traicionarme, dije para mis adentros. Él le proporcionó mi correo, no cabía duda. La cuestión en aquel momento versó sobre qué debía hacer. Ella me buscó y me encontró demasiado pronto. Yo huí y ella fue tras mi rastro como un cachorro curioso. Por más que el sol se aleje de la luna, por más que el día se esconda de la noche, el destino termina por unirlos durante el eclipse. Aquella inesperada circunstancia fue un eclipse total; un evento sobrenatural que demostró mi incapacidad para escapar del destino.

Entonces hablamos por bastante tiempo. Ella me agradeció la carta, aunque tenía demasiadas dudas sobre los sentimientos que le expresaba en ella. ¿Cómo era posible que me hubiera enamorado tan pronto de ella? Peor aún, sin conocerla ni un poco.

Ya que deseaba verme y platicar conmigo, no tuve más remedio que complacerla. Yo no quería verla de nuevo. Tenía miedo a su rechazo. Más aún, a su correspondencia. Era la primera ocasión en que una chica se acercaba a mí y me pedía una explicación. Una explicación sobre qué significaba aquello que le expresé por medio de unas palabras que ya me eran distantes y extrañas.

Sin más, le dije que sí, que nos veríamos. Acordamos la fecha, hora y lugar. Las manos me sudaban demasiado cuando ella, sin mayores complicaciones, aceptó los términos. Nos despedimos con la plena confianza de que pronto nos encontraríamos. Para ese entonces había olvidado por completo la tarea.

Esa noche no pude conciliar el sueño. Solo el cansancio absoluto terminó por sacar su imagen de mi mente.

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