Por Jimena
VIII
¡Y llegaron las vacaciones de verano! Después de terminar la secundaria, mi papá me daría la oportunidad de estudiar la preparatoria. ¡Claro, bajo sus reglas! Pero yo simplemente era feliz.
Sin embargo, en las vacaciones de verano yo regresaría a Chiapas. Solicité que me mandaran un miércoles porque el viernes era la graduación de mis amigos. Aunque yo no me graduaba con ellos, pero sí los acompañaría y eso era lo importante. En aquella fiesta, bailé y me divertí como nunca. Los zapatos que llevaba terminaron llenos de lodo y desgastados. Mis pies quedaron simplemente molidos, como si los hubiera pasado por un metate.
De regreso nos venimos caminando mis amigos y yo. Solo era un kilómetro de calles. A los lados estaban esos árboles de mango, esas palmeras africanas y no podían faltar esos señores con sus carros que nos decían: un raite. A lo cual todos respondíamos: ¡No, gracias! Fue perfecto ese día.
Durante las vacaciones, siempre iba a buscar a Mari por las tardes. Pensaba en todas las cosas que pasé esos dos años antes de volver a mi casa. Pero un día, en una esquina antes de llegar a casa de mi abuela me alcanzó Pedro. Sí, aquel novio que me había roto el corazón. Pero ahí estaba el momento perfecto para que él respondiera esas preguntas interminables.
Él me dijo: -“Hola”. Yo solamente respondí: -“Explícame qué pasó. Y así pasaron varios segundos o minutos en un silencio incómodo, triste, doloroso, desafiante. Él solo respondió: – “Te fallé, perdón.” De inmediato mi cabeza pensó: “pueblo chico infierno grande”. Enseguida apresuré el paso para llegar a casa de mi abuela. Mari vio todo desde la entrada del patio. No dijo nada, pero me abrazó. Enseguida lloré y lloré. Me sentí bien, pero a la vez me quedé sin respuestas.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.