29 mayo, 2021

Autobiografía VIII / Primeros lazos

 Por Carolina

VIII

No recuerdo en qué instante pasó, ni cómo nos elegimos, pero en algún momento Montse se convirtió en una de mis primeras amigas en la secundaria. Con ella deje atrás la soledad con la que pasaba los primeros recreos en el bullicioso traspatio. Teníamos ciertos rasgos en común y creo que eso nos hacía compaginar bien. Nos recuerdo infinidad de veces estresadas en la clase de la “Pasita”, una maestra ya muy grande que siempre vestía con pesados suéteres y de colores obscuros, quien parecía que la sonrisa se le había perdido entre la infinidad de arrugas en su rostro.

Nos daba matemáticas. Y aunque Montse era buenísima para ellas, la vi muchas veces estresada corriendo para dejar su cuaderno sobre el escritorio y tener derecho a calificación. La maestra tenía un estilo particular, donde sólo evaluaba a los 10 primeros en entregar los ejercicios. Siempre me pareció bastante cuestionable e injusto. Eso nos costó mucho agobio durante aquel primer año de secundaria, pero siempre logramos estar en ese pequeño grupo.

Montse era muy tranquila, seria y tenía un humor simplón pero simpático, aunado a una caligrafía de perfección envidiable. Pero, sobre todo, tenía un gran grupo de virtudes, de entre las que destacaban sus dotes artísticos y sus habilidades manuales. Las comprobé muchas veces en aquel -para mí-, muy detestable taller de bordados y tejidos, donde ella hacía todo bien y donde yo pude aprenderle tantas cosas. Sé que lo que más admiraba de ella era su forma de darle color a las cosas y la libertad de sus trazos: ¡porque también dibujaba! Con ella aprendí una nueva forma de iluminar. Siempre tenía una gentil disposición para prestarme su estuche, ese que me fascinaba cuando lo veía lleno de colores y plumas de gel brillantes y aromáticas.

Un día en un recreo estábamos sentadas en uno de los ventanales del auditorio, cuando un niño efusivo se acercó a saludarla. Lo recuerdo: el bordado de su chamarra decía “1° A”, flaquito, de cabello cortito, un corte al que denominamos de kiwi, con unos pequeños y gruesos lentes. Había sido amigo de ella durante la primaria. Pronto aquel niño pasó a ser más cercano a mí que de ella, y con los años se convirtió en uno de mis mejores amigos; alguien con quien he compartido hasta el día de hoy mis mejores momentos.

Jorge y yo nos volvimos entrañables, solidarios y confidentes en medio de un hostil grupo que nos rechazaba. Ambos decidimos ser parte de la banda de guerra, pero desde el profesor hasta los otros miembros siempre nos marginaron. Recibimos de varios de ellos un trato burlón y diferenciado. Al parecer éramos ante sus ojos aún infantiles, pues en un principio siempre llegábamos acompañados de nuestras madres, quienes también se hicieron amigas.

La banda estaba conformada por alumnos de todos los grados. Y entre los mayores parecía que se generaba algún extraño gozo en incomodar a Jorge por su orientación sexual, con la cual lidiaba en ese entonces. Y yo, no me parecía en nada a las otras chicas de ahí; siempre fui reservada con la constante seriedad en el rostro, mientras las otras mantenían una relación llevada y sin límites con el profesor. Tenía a sus alumnas preferidas, como Yoali. Un día le dio un golpe en el trasero con las baquetas y le dijo que le gustaban sus pompotas cosa que ella tomó con gracia. O Melissa, que era también de las predilectas por ser bonita.

A mi amigo y a mí siempre nos asignaba los peores instrumentos, la corneta más torcida y negra siempre era para él; mientras que para mí estaba destinado el tambor desafinado con el portacajas desgastado. Muchas veces nos excluyeron de los eventos y los ensayos (más a mí que a él), porque inicialmente mis destreza para los toques no era tan buena. Pero ahí estaba entonces Jorge, ayudándome a sacar las marchas. A él tampoco le iba bien con la corneta, pero era hábil con el tambor. Y ahí estaba yo con él para contener la frustración de aquellas mofas. Teníamos cierto ímpetu por mantenernos en eso. Y aunque no fue fácil, pese a todo, nos defendimos durante los tres años y lo logramos: llegamos a los concursos y a las ceremonias.

Este tiempo sirvió para consolidar los inicios de nuestra amistad. Había, como en toda relación, días en que nos peleábamos, pero siempre en aquellos ensayos sabatinos encontrábamos la forma de reconciliarnos para no dejar que esos enojos se prolongaran y sobreponíamos nuestro cariño ante cualquier cosa. La banda sólo escribió algunas de nuestras primeras aventuras juntos, porque hasta hoy, aún caminamos tomados del brazo recordando con gracia estas anécdotas y todas las que se han ido sumando en este andar del tiempo en el que hemos crecido juntos.







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