Por Jimena
V
El último lunes de clases de diciembre, después del receso en la secundaria, José Manuel me invitó a su fiesta de cumple que sería el siguiente sábado en su casa y todos los compañeros del salón asistirían a dicho reventón. Yo nunca iba a las fiestas, ya que en mi casa siempre había tiempo para aprender hacer una niña bien; con ello me refiero a que los sábados y los domingos debía hacer labores de la casa y ayudar a cocinar.Así que el lunes en la noche, le dije a mi papá que sí me daba permiso para ir a dicho evento. A lo cual, él respondió que le preguntara a mí tía y ella contestó que le dijera a mi papá. Entonces recordé que una vez, Mari dijo que cuando te dicen que sí, y luego que haber que dice la otra persona, eso no era más que un juego de futbolito. Entonces me senté a esperar que decían ambos. Al final dijeron que el jueves me decían, pero antes debía llevar la dirección, número de teléfono, nombre completo y horario.
El jueves antes de irme a la secundaria, pregunté que si me iban a dar permiso para ir a la fiesta y la respuesta fue sí. Yo por dentro bailé de alegría y después dejé de hacerlo cuando me indicaron el horario: de 3:00 a 5:30 pm. Entonces volví a preguntar: ¿dos horas y media? Y mi tía y mi papá dijeron: “ ni un minuto más y si te pasas de ese tiempo, debes asumir tu castigo”.
El jueves después del receso, José Manuel me preguntó si iría a su cumpleaños. Le conté las condiciones y primero se empezó a reír y después dijo: ¡qué mal plan! En fin, el viernes todos dijeron que el punto de reunión sería afuera de la secundaria a las 3 a 3:15 del día sábado. Yo llegué a las 3:10, pues me hacía 10 minutos caminando de la casa a la secundaria.
Partimos a la casa de José Manuel que de igual manera quedaba a 10 minutos caminando. Llegando a su casa, su mamá nos sirvió de comer y refresco. Después bailamos unos con otros; en lo particular, a mí me estaban enseñando. Unos compañeros fueron a comprar unas botellas de Caribe a escondidas de sus papás. Cuando llegué al Distrito Federal me enseñé a usar reloj de mano, así, que yo después de un rato, solo veía la hora. Y entonces, llegó las 5:00 de la tarde y yo empecé a despedirme de todos. Entre la despedida, dieron las 5:15, por lo cual salí corriendo. Literalmente: corría y corría. Por fin llegué a la casa 5:35 y para variar mi papá estaba en la puerta y solo dijo: “ 5 minutos. Estás castigada. Ya no vas a ir a fiestas con tus compañeros”.
Cuando le conté a mis compañeros y a José Manuel las consecuencias de llegar 5 minutos tarde, todos me preguntaron que sí me habían pegado y yo contesté que no, que solo me habían castigado. Aún recuerdo sus caras de sorpresa y a otros sus caras de angustia.
Y así pasó toda la segunda parte del segundo año sin poder ir a fiestas de compañeros; todo por esos 5 minutos. Los cuales, me enseñaron que llegar a tiempo es importante y que lo que mi papá decía era lo que se tenía que hacer.
Hola Jimena. Ese recuerdo es una forma de reflexionar sobre que, llegada cierta edad, la voluntad de los otros ya no es la tuya. En esas primeras etapas no podemos hacer mucho por vivir como queremos, por lo que terminamos sometiendo nuestra voluntad a las decisiones de los otros. Si bien es cierto que llegar a tiempo es importante, también es verdad que cada instante se debe vivir como si fuese el último.
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