Por Juan Francisco
XV
Te conocí durante un mes. Nos acercamos durante otro mes. Para ese entonces otoño había comenzado su labor en las copas de los árboles. Al tercer mes, justo cuando los caminos estaban cubiertos por hojas secas, me dijiste:
-¿No tienes algo que preguntarme?
La verdad es que no quería hacerlo. Para ese entonces me había acostumbrado a ti. Cargaba con tantos lindos recuerdos de ambos que no quería que aquello se perdiese. No deseaba que fuéramos algo más que aquello. Pero aquello no tenía una denominación. No éramos conocidos ni amigos. No éramos pareja, novios ni amantes. Éramos un par de almas que habían disfrutado de amenas charlas vespertinas. No había compromisos de por medio. Nada de vínculos formales. Solo tú y yo. Nadie más que nosotros.
Maga, ¿te acuerdas de aquel viaje a Coyoacán? Nos perdimos en las calles empedradas. Yo no quería preguntar y tú no querías encontrarte. Caminamos por Alemania, Francia e Inglaterra en diez minutos. Por aquí y por allá tratamos de hallar una salida. Te acompañé a una obra de teatro cuya temática he olvidado. Fuimos a curiosear en los puestos de alhajas. Compraste un par de ellas para tu familia. Pasamos por helados y nos sentamos a admirar a las robustas palomas que deambulaban por el kiosco. Miramos el paisaje y meditamos por estar ahí, aquel día, en aquel primer y único instante.
¿Recuerdas aquellos helados? Esos que compramos en la plaza comercial. Yo los conocí gracias a ti. Tú pediste de kiwi con mango, yo pedí lo mismo que tú. Esa tarde tocaste por primera vez mi mano. Me hablaste con el corazón. Sentiste pena, lástima y tristeza por mi ser. Aquella tarde también lanzaste una prueba que no pasé. Te diste cuenta que era demasiado inseguro y dependiente. Aún así me llevaste a tu casa. Platicamos afuera hasta que la noche nos sorprendió. Nos dijimos adiós y nos volvimos a ver una docena de veces más.
Te hice más cartas. Incluso un cartel con exageradas decoraciones. Salimos a varios lugares. Me salté más de diez veces mis clases sólo para estar contigo. Me presentaste a tus amigos más cercanos. También conocí a tus amigas, a las pocas que tenías. Y para bien o para mal, me presentaste informalmente a tus padres. Conocí a tu hermana, el lucero de tus ojos.
Hasta que aquel día llegó. Me preguntaste si no quería saber algo. Era el momento, por fin, de dar ese paso que tú esperabas. Por fin te conocía y deseabas darme la oportunidad que te pedí en la primera carta. Maga, yo ya te quería, pero no como pensé. Te quería como una amiga a la que deseaba besar sin tener que romper el pacto de libertad. Maga, contigo yo me sentía libre. Te quería Maga, te quería como no había querido a nadie más. Sin embargo, quería que la libertad entre ambos continuará. Eso no tiene sentido, lo sé. Por eso me negué a hacer esa pregunta. Por eso no la formulé nunca. La respuesta te la diste tú misma. Yo era demasiado medroso y no deseaba dar el siguiente paso.
-¿No tienes algo que preguntarme?
-Si, pero no sé cómo hacerlo.
-Así. Hazlo. Es sencillo.
-No puedo.
-Vamos…
-Quieres ser mi… De verdad no puedo.
-Está bien, lo haré por ti.
-Perdóname.
-Si quiero ser tu novia.
Maga, yo me perdí aquel día. La felicidad se escapó de nuestras manos porque me di cuenta de que yo no quería ser tu novio. No un novio formal. Quería más de aquello que nos dimos al inicio. La semilla de la inseguridad germinó día tras día sin que te dieras cuenta. Dos semanas después, tan solo unos días después de nuestro primer beso, te dije que era mejor que buscaras a otro; yo era muy poca cosa y merecías mucho más.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
LPT: Cruzando la frontera de la ficción.