Por Juan Francisco
XVI
Aquel día, Maga, te alejaste corriendo de mí. Te hice daño con el fruto podrido de mis dudas. Te alcancé antes de que salieras de la vocacional, pero era tarde. No querías saber nada de mí. Llorabas con intensidad y descontrol. Me hiciste a un lado y te fuiste. Me quedé atrás, viendo como tu corazón se iba quedando atrás como pequeños trozos de vidrio.
Toda la tarde te marqué sin éxito. Me sentí tan mal que en el taller de soldadura me ofrecí como voluntario para sostener una barra de metal que uniríamos a otra. La actividad fue peligrosa porque la soldadura estaba a unos cuantos centímetros de mi rostro. Me puse la careta sin quererlo, casi como si deseara sentir un dolor tan intenso como el que te causé. Sostuve con una mano sin fuerzas la careta y con la otra la barra de metal. Sentí el paso de la corriente eléctrica a través de ella a pesar de traer puestos los guantes. El destello de la soldadura me cegó por un instante. Algunas de las chispas quemaron mis muñecas y cuello. No sentí dolor alguno. Mi mente estaba centrada en ti.
Cuando llegó la noche por fin me dejaste hablar unos segundos contigo. Aceptaste verme al siguiente día. Colgaste antes de que pudiera despedirme.
No pude dormir esa noche. Tenía que ganarme tu perdón.
Al siguiente día fui a una tienda comercial. Deseaba darte un regalo, un detalle especial. Busqué durante más de dos horas sin éxito.
Cuando estaba a punto de rendirme, lo vi. Ahí estaba el regalo idóneo. Se trataba de un oso de peluche que no llegaba a los treinta centímetros de altura. Tenía un gorrito color morado tipo navideño. También usaba una bufanda color roja. La imagen del oso era bastante tierna. No tuve duda alguna: era el regalo perfecto.
Esperé tu llegada en la entrada de la vocacional. Para serte sincero, no creí que llegarías. No obstante, te presentaste. Por supuesto que no me recibiste con los brazos abiertos. Al contrario, evadiste mi mirada desde el inicio.
En ese momento saqué el osito navideño de mi mochila. Te lo enseñé y lo acerqué lo más posible a ti. Tus ojos lo miraron con atención y sorpresa. Ese par de canicas avellanadas se iluminaron y volvieron a buscar mis ojos. Tu mano sostuvo al pequeño afelpado y lo abrazaste fuerte. Después me abrazaste a mí. El osito quedó entre ambos. Parecía sonreír.
Jugaste con el oso navideño bastante tiempo antes de preguntar cómo lo llamaríamos. No pude responder de inmediato porque no tenía pensado darle un nombre. Pero tú querías darle uno. Dijiste que él sería como nuestro hijo. Sí, sería nuestro pequeño. Tú serías la mamá y yo el papá, y él con sus curiosos accesorios sería Tom. Nuestro hijo, Tom el navideño.
Lo abrazaste de nuevo y entendí que realmente era afortunado por estar contigo.
No entré a las primeras clases para poder acompañarte a tu casa. En el trayecto guardaste a Tom en tu mochila. Comimos una nieve de limón en el camión. Terminaste por dormirte sobre mi muslo. Te quería Maga, de verdad te quería. Para mí eras hermosa y transparente como el agua de un manantial. No dejé de mirarte el resto del trayecto. Maga ¿imaginaste que aquello acabaría algún día? Yo sí.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
LPT: Cruzando la frontera de la ficción.