Por Gabriela Itabily
III. Tercera parte
Estar en la naturaleza es algo que nos gusta mucho a mí y a mi familia. Tengo mucha familia consanguínea y adoptiva. Tanta, que aún no termino de conocer a todos mis parientes en Oaxaca, de donde es mi abuelo materno. Así que creo que todos los Hernández son parientes míos. Cuando vamos para allá, regularmente nos quedamos con el ahijado de mis abuelos. Memo vive en La Chigolo, Oaxaca, que está entre el centro de Oaxaca y Mitla. Él tiene caballos, puercos y una parcela donde siembra alfalfa. A mis hermanos les gusta ir a cortar alfalfa y pasar a entregarla. A mí me gusta estar en la cocina comiendo o con los caballos que tienen su crin con trenzas que les hacen los duendes en la noche cuando todos duermen.
En ese pueblo también vive mi tía Gloria quien habla zapoteco; el hermano de Memo que es mi tío Lalo, quien también tiene cuches y es jinete. Él les enseñó a sus hijos a lazar y mis primos a su vez, les enseñaron a mis hermanos. Con eso de que nos gusta el jaripeo, les cayó como anillo al dedo. A unos kilómetros de La Chigolo, tengo más familia en Tlacolula. El mercado es muy bonito, lleno de colores, olores y sabores. Ahí mi tía Tomasa vendía chocolate y especias, y su hija vende flores. El chocolate que hacía mi tía Tomasa es de los más ricos que he probado; más rico que el que venden en el Mayordomo. Oaxaca es muy bonito y se come delicioso, aparte de que se ven las estrellas como nunca las verás en la ciudad.
Como decía, tengo mucha familia. Mi familia adoptiva es de Tlaxcala a quienes quiero muchísimo. En especial a mi abuelita, que ya falleció. Ella decía que mi papá era su hijo y nosotros sus nietos. Siempre que llegábamos de noche, nos metía a la casa y le decía a mi padre que si él quería se quedara en el frío, pero sus nietos no. Cocinaba riquísimo. En cierta ocasión recuerdo muy bien que ya estaba afuera de la casa con un bote de tamales para todos, diciéndonos que bajáramos del camión para comer. Como siempre: muy rico y todo con mucho amor. Y es que con amor, hasta los frijoles saben más sabrosos.
Creo que solo puedo dar las gracias, pues he tenido una infancia única: llena de viajes, de aventuras, duendes y brujas. De campo y personas que nos quieren tanto que se convierten en nuestra familia, pues nos nace decirles tíos, tías, primos y primas. Y lo mejor es que ese cariño es recíproco.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.