Por Juan Francisco
XXIII
La primera vez que visité Ciudad Universitaria sentí que mi corazón latía con gran fuerza. No se trataba de una emoción o exaltación universitaria, sino más bien era la consecución de un logro que, en los momentos más desangelados, pensé que no alcanzaría. Si bien es cierto que no entré a la Facultad de Psicología (como era mi más profundo deseo), al final logré integrarme a una generación de nacientes universitarios.
Ingresé a la Escuela Nacional de Trabajo Social (ENTS). Mi objetivo era tener un buen promedio para solicitar la modalidad de carrera simultánea. Sabía de antemano que no lograría ingresar a la Facultad de Psicología por la cantidad de aciertos tan alta que solicitan. Desde mis años de secundaria he tenido problemas (serías dificultades), para aprender matemáticas, química y física. Por lo tanto, sería una tarea sumamente compleja alcanzar los más de 90 aciertos que se requieren para estudiar Psicología en la UNAM. Al final entré a la ENTS y me dispuse a formarme como trabajador social.
El primer día de clases fue bastante curioso. Tuve que tomar una decisión que cambió el rumbo de mi vida. En ese instante no lo pensé de esa manera. Sólo el paso del tiempo me demostró lo caprichoso que es el destino. Si es que existe algo que se le parezca.
Antes del inicio del ciclo escolar tuve que acudir a dos sesiones de inducción en la ENTS. La primera sesión fue para darnos la bienvenida oficial. En la segunda nos tomaron la fotografía para la credencial y también hicimos un recorrido por las instalaciones de la escuela.
Yo no conocía CU ni Facultad alguna, hasta ese momento. Por lo que aquella escuela me pareció bastante grande y tranquila. Sus edificios siguen siendo de un tono grisáceo, sus barandales de un azul marino poco llamativo y los jardines laterales siguen tan verdes y llenos de vida como los recuerdo. Poco ha cambiado desde que ingresé hasta la última ocasión en que visité la ENTS. Quizás lo más rescatable sea la cúpula que se montó sobre la nueva (ahora ya no tanto) cafetería con sus mesas circulares y sus bancos altos. Cuando ingresé estaban construyendo el edificio D; lo concluyeron un año después. Hoy en día es un edificio más en la ENTS.
Por cierto, sus baños tuvieron una vida útil de un año. Posteriormente dejaron de funcionar las descargas automáticas de agua, los secadores automáticos de aire y los llamativos grifos de agua. Al parecer su modernismo no era apto para uso rudo. Hasta las ventanas estaban pésimamente diseñadas. Había una ventana a un lado del retrete para dejar pasar la luz y así hacer del ambiente algo más ameno. La ventana estaba fija y su altura abarcaba de la cabeza hasta las rodillas de una persona sentada cómodamente sobre el retrete. El problema, la mayor desgracia con esos baños, era que las ventanas daban hacia los pasillos de las aulas. Si querías atender tus necesidades, más de uno lo sabría. Puede que hasta te mandarán un saludos a la distancia para desearte suerte.
La administración de la ENTS solucionó el problema de privacidad al más puro estilo nacional: puso un protector de plástico sobre la ventana, así nadie te vería. Sólo cometieron un pequeño e insignificante error. Mejor dicho, una previsible omisión: colocaron la carátula de plástico opaco en la cara interior de la ventana. Después de un par de semanas de la inauguración, un desquiciado (quizás más de uno) pasó bastante tiempo despegando los plásticos de protección. El resultado de aquellas travesuras hizo necesario el uso de masking tape para pegar las mitades desprendidas. El masking es milagroso para casi todo, pero por un corto periodo de tiempo. Posteriormente, se usaron chicles, diurex, pegamento líquido y unas cuantas calcomanías. El resultado fue siempre el mismo: duraban poco tiempo o los maniáticos volvían al acecho. Era una batalla intermitente entre pegar, despegar, sostener y rezar para que nadie que te viera someterte a las exigencias del proceso digestivo.
Esta trágica desventura viene a mi memoria por dos razones: la primera es porque refleja la lógica de la vida, la cuál es: a mayor fuerza de resistencia ante las adversidades, mayor fuerza ejercen las adversidades para chingarte. La segunda se traduce en una nota tragicómica de la realidad del nivel universitario en el mundo: sin importar el nivel académico, algunos siguen comportándose como niños de primaria y secundaria.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.