Por Ofelia
XIII
No planeamos luna de miel, pues el presupuesto se había terminado. Sólo tomé unos días que tenía a cuenta de vacaciones y fueron para poner en orden la casa. El tan “anhelado momento” -que afortunadamente salió bien-, sobre todo porque algunas cosas se montaron en el momento. ¡Y la sorpresa que nos dieron!
Mi tío había pagado un número extra que no incluía el paquete y que nos habían sugerido no incluirlo pues no alcanzaría el tiempo para las actividades que ya se tenían contempladas. De repente salió una persona bien mona pintada toda de plateado que bailaba música electrónica cuando estaban sirviendo los alimentos. La gente quedó fascinada y al final del evento cerramos con broche de oro con el baile del mandilón, otro número que organizó uno de mis primos que se había casado meses antes. Aunque como tal, él no lo realizó al cien por ciento, ya que el día de su boda falleció su abuelita.
A mi pareja le colgaron un mandil y le amarraron un muñeco con un rebozo en la espalda, e iba bailando con su escoba y yo siguiéndolo con un cinturón y bañando a todo mundo con cerveza. La gente trataba de evadirnos o esconderse a la hora que pasábamos para que no los mojáramos. Sólo recuerdo las palabras de mi tío: "Sonríe y disfruta el momento, que va a pasar muy rápido”, pues esas cosas no eran mucho de mi agrado. Y efectivamente así fue: dieron las dos de la mañana y “aquí se rompió una taza y cada quien se fue para su casa”.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.