Por Juan Francisco
XXXII
Las prácticas fueron una maravillosa oportunidad para mí. Gracias a ellas me di cuenta de las capacidades y habilidades que tenía, y de las cuales no me había percatado hasta entonces. Tanto la práctica regional como la institucional representan etapas de gran crecimiento profesional y personal. Lo más significativo de ellas, más allá de lo académico, fue el hecho de haber conocido a Elizabeth. Me identifique tanto con ella que incluso llegué a caer en un abismo de incertidumbre sobre un sentir que no había conocido hasta ese momento.
Cuando conocí a Elizabeth yo mantenía una relación aborrecible y dependiente con Brisa. El sentir que existió entre Elizabeth y yo, fue un punto de inflexión sobre la más profunda naturaleza del ser humano. Esa característica ancestral que nos lleva a notar lo bello en aquellos seres con los que convivimos. Elizabeth era aquella belleza ajena y prohibida que por un tiempo desee, pero que al final se convirtió en golpe de realidad. Una realidad que se manifestó en mi falta de coraje y valor para terminar en definitiva con Brisa. Por supuesto que eso no sucedió con Elizabeth: le confesé lo que sentía por ella una tarde.
Pasaban de las cuatro de la tarde, cuando caminábamos por las unidades habitacionales de Tlatelolco. Yo seguía a Elizabeth y ella a su instinto, lo cual nos llevó a perdernos un par de veces. Sin embargo, llegamos al metro y le pedí unos minutos para hablar con ella. Y aceptó.
Para aligerar el momento ambos acordamos comer nuestros respectivos alimentos, aquellos que llevábamos en topper de formas curiosas. Sin pensarlo demasiado le dije lo que sentía por ella. Le manifesté que a lo largo de esos casi dos años que teníamos de conocernos, yo había terminado por fijarme en ella. No la consideraba más una compañera ni una amiga, sino una mujer que no podía sacarme de la cabeza. Una mujer por la que yo sentía un gran cariño.
Le aseguré que me gustaba estar con ella, que las pláticas que teníamos al salir de la práctica eran agradables y añoradas por mí. Ella sólo se limitó a mirarme en ocasiones. Masticaba y perdía la mirada en el horizonte. Me escuchaba con atención y bastante sorpresa.
Elizabeth era una chica esbelta, de mi estatura, de cabello largo y quebrado. No acostumbraba reír ni expresar sus emociones. Era sumamente buena para hablar en público aunque no le gustaba llamar demasiado la atención. Amaba salir a correr todas las noches y su pasión era el basquetbol. Destacaba sobremanera en las actividades deportivas y la caracterizaba una inocencia mezclada con un fuerte carácter.
La conocí en la práctica regional y no le presté demasiada atención al inicio. Brisa era demasiado controladora y celosa, así que no conviví mucho con mis compañeras durante esa primera fase. En la continuación de la práctica, ya sin Brisa de por medio, pude convivir más con ellas, en especial con Elizabeth. A veces la acompañaba en el metro hasta Indios Verdes, en otras ocasiones nos sentamos juntos durante las sesiones de práctica.
Su risa era como un tesoro al que pocos aspiran. Arrancarle una risa o una sonrisa era una tarea compleja. Pero al final lo logré en muchas ocasiones. Y es que ella y yo, y nuestras compañeras, vivimos diversas aventuras. Jugamos una reta de futbol en la explanada de la alcaldía Cuauhtémoc, nos perdimos en el Centro sólo para terminar comiendo unas deliciosas quesadillas a las afueras del Metro Hidalgo, pasamos una tarde en un local de comida entre risas, bromas y miradas soñadoras; ella esperando su quesadilla de champiñones y yo la mía de pollo. Elizabeth era vegetariana. Yo admiraba profundamente eso de ella.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.