Por Carolina
XV
Para el último año de secundaria era una Carolina diferente a la que había llegado ahí en el 2003, pero en su momento tenía poca conciencia de aquello. Había dejado de ser la niña que en sus primeros días allí comía sola en los recesos. Y aunque aún predominaba en mí la introversión, era más desenvuelta, tenía un buen número de amigos y conocidos dentro de mi grupo y fuera de él. Tenía el aprecio y la confianza de mis amigas. Y tal vez y sin saber, me había expuesto ahí en el principio de lo que sería mi vocación.
Me convertí en la “ma” de Melina y en la “mami” de Aris. Los nuevos apodos tenían una connotación cálida en su significado; basados quizá en una cualidad y no en una apariencia, me gustaban. Habíamos pasado días entre clases, platicando de mil cosas, escuchándonos con paciencia y con un burdo esfuerzo por aconsejarnos en lo que nuestra corta experiencia nos permitía. Me dejaron su gratitud en palabras de cariño en sus cartas y dedicatorias casi al final de aquel ciclo, aunque nuestra fraternidad se extendió más allá de aquella etapa. Esta amistad nos había nutrido recíprocamente y en lo que a mí me toca decir, ellas habían influido positivamente en mí. En nuestro círculo me sentía cobijada, en confianza; podía ser yo, divertida y alegre. No como había sido en otros tiempos.
En las últimas semanas nos preparábamos afanosamente para el ingreso a la preparatoria. Adriana era de los profesores que más empeño ponía en eso. Sin embargo, existía su contraparte. Como Jaime, el maestro de física, quien en vez de infundir los buenos ánimos, propiciaba la duda y la ansiedad ante el examen de admisión. Así me abordó un día al salir del laboratorio de cómputo luego de una práctica con un examen muestra.
- ¿Cuántos puntos sacaste? – ante mi respuesta, se mostró escéptico y me dijo tajantemente: -No te creo-.
Me dolió, me entristecí y por un momento se mermó mi confianza. Sentí rabia por poner en duda mi palabra. ¿Por qué no me creía? ¿En qué se basaba aquella desconfianza en mi respuesta? Por tres años me esmeré por mantener un buen nivel académico. Bimestre tras bimestre, Montse y yo, siempre estábamos en esa lista enmarcada afuera de la dirección que llamaban el cuadro de honor. Si bien las calificaciones no lo eran todo y lo sabía bien desde la dura autocrítica que me infringía, eran por lo menos, un pequeño aliciente para mitigar la ansiedad y fortalecer la idea de que sí podía.
La pregunta recurrente y la conversación de todos los recreos era: ¿A qué prepa te vas a ir? Iría al CCH sur. En realidad, no sabía mucho sobre aquello del bachillerato. Esta escuela era algo casi de tradición, porque ahí habían estudiado mi madre y mis primos en otros años y otros más entrarían a la par en ese año, por lo que iríamos juntos. Mis amigas y yo nos emocionábamos pensando en la posibilidad de coincidir en la misma escuela. Recuerdo cuando Meli dijo que nos iríamos al “Colegio Vacacional Sur”. Y yo, honestamente, no sabía por qué le llamaba así. Sin embargo, me sonaba gracioso cuando mencionaban que otros irían a la “Fresa 5” o al “Colegio de vas si quieres”, pero definitivamente, según mis compañeros, había que evitar el Cetis, y más aún el “Nopalep”. Y aunque no alcanzaba a entender del todo el significado de los motes e incluso el rechazo que algunos tenían por ciertas escuelas, sé que todas éstas figuraron -tal cual, en ese orden-, en mi lista de opciones de bachillerato.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.