Por Carolina
XIV
Recuerdo la primera vez que la vi del otro lado del ventanal, mientras yo cruzaba el patio, cuando aún iba en primer grado. Vociferaba tan alto que las mejillas se le saturaban de un rojo encendido que la hacían lucir aún más temible. Lo único que esperaba es que no fuera ella mi profesora en los años siguientes. Definitivamente sabía que no quería lidiar con un carácter como ése… Pero el destino la tenía prevista para ser mi profesora de español en los dos últimos años restantes de la secundaria.
Adriana era una profesora gordita, alta y muy blanca que se ponía colorada con facilidad. Pero lo más peculiar de ella, era la estruendosa voz que ostentaba y que hacía resonar a varios salones de distancia. Para mi sorpresa, tan grande como su voz era el carisma, la alegría y el buen humor que ella emitía.
-“Mi voz es muy fuerte, no puedo hablar de otra forma, no los estoy regañando.” Fue la primera aclaración que hizo cuando estuvo frente al grupo y una sonrisa franca en su redondo rostro respaldaba la veracidad de aquello. Tal vez se sentía obligada a hacer aquella afirmación porque sabía que a la distancia y sin conocerla, verdaderamente se imponía.
Con ella las clases eran un verdadero gozo; su presencia llenaba el salón de otra energía y todos gustosos la recibíamos en su hora. Adriana era más que una profesora, era cercana con los alumnos, atenta, confiable y siempre con una gran sonrisa para nosotros. Fue ella quizá la única maestra con quien pude sentir un vínculo estrecho y cálido. Estaba entre el grupo de docentes memorables de nuestra secundaria 29 y obvio: entre las clases favoritas.
Un día en el tercer grado, el Instituto Latinoamericano de Comunicación Educativa, decidió hacer la grabación de una serie en nuestra escuela y por supuesto, solicitó alumnos para participar en ella. Por alguna razón Adriana me invitó a participar en aquello. Estaba muy emocionada, pero no más que asustada. Rechacé la propuesta, pues el miedo de pensar en hablar frente a una cámara me había doblegado.
Para entonces había sumado algunas nuevas amigas: Meli y Aris. Las niñas nuevas en mi clan eran más osadas y me alentaron para hacer cosas más atrevidas en ese último año, como el baile que hicimos frente a toda la escuela y el cual nos valió un segundo lugar. Yo me las llevé a la banda de guerra y por un tiempo fueron parte de aquello. Pero no se hallaron en esa actividad hasta el final de todo, como Jorge y yo.
Cuando les comenté durante el recreo lo que había sucedido con lo de la grabación empezaron a convencerme de hacerlo. Era ya el último día para decidir si participaría o no. Así, echamos la carrera hasta donde estaba Adriana. Iba convencida de que podía hacerlo aún con todo y el anegado mar de nervios. La encontramos en el obscuro pasillo de la dirección. Cuando le comuniqué mi decisión, la miré y en su gesto no había sorpresa sino una mueca de alegría disimulada como si supiera que aquello iba a pasar.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.