Por Rosario
XX
En este capítulo quiero retomar una etapa muy importante de mi carrera, ya que hasta el día de hoy el servicio social marcó un momento importante en mi vida y me dejó amistades que todavía perduran a mi lado.
En aquellos años me encontraba desempleada. Acudí a varias entrevistas, pero entre la competitividad del mercado y mi poca experiencia, no lograba colocarme en ninguna parte. Fue precisamente por la posibilidad de adquirir experiencia desde cero, que decidí iniciar los trámites para realizar el servicio social dentro del bufete jurídico de la facultad y el otro plus. era que no pedían un número mínimo de créditos cursados. Además, tampoco era necesario invertir en el pasaje del servicio a la escuela. Debido a la materia, aquí la duración del programa era de siete meses en lugar de seis, como regularmente se estilaba en el resto de dependencias; lo cual en ese momento no me importaba, ni me parecía que fuera demasiado.
Debo confesar que no conocía a nadie en ese lugar, solo tenía el antecedente que me había contado Laura, la chica que me recomendó ese lugar. Así que el primer día traté de llegar a tiempo y me dispuse a comenzar. No sabía nada, así que solo llevaba muchas ganas de aprender y los nervios a flor de piel por lo que pudiera ocurrir en este nuevo inicio.
Primero me presentaron a todos los compañeros: la secretaría del bufete (mamá Lucy), la titular (Lic. Paty) y a mi entonces jefe, quien me dejaría a cargo de sus expedientes una vez concluido su periodo allí,. Se llamaba Toño y parecía que sabía mucho. Una de las lecciones iniciales consistió en explicarme la etapa procesal de cada asunto; después a realizar la revisión del boletín judicial, que es una especie de periódico en el que publican cada avance importante en los juicios; a continuación siguió el conocer juzgados y aprender a moverme como pez en el agua allí; a entender la juerga de los abogados en esa área, cómo tratar y relacionarme con todos los servidores públicos del lugar.
A la par de esos conocimientos, la convivencia diaria con los compañeros era divertida; muchos se conocían desde antes y eran amigos. Otros éramos nuevos, pero a la mayoría nos integraban y en general, el ambiente era muy cordial. Incluso a veces salíamos juntos a comer o a tomar alguna cerveza.
Poco tiempo después se integró Nievat al equipo. Así me sentía mucho más acompañada y cómoda, éramos como pan con mantequilla: pasábamos tiempo juntas en el servicio y en las clases, íbamos a las salidas que se organizaban, además cualquier pretexto era bueno para hacer convivios en el bufete o para ir a divertirnos. Allí conocimos a Lupita, Lau, Cecy y Gris, éramos casi de la misma generación. Compartíamos gustos y formas de divertirnos, así que nos hicimos amigas y formamos un grupo sólido que se mantiene todavía unido.
La Lic. Paty era muy amable, pero al mismo tiempo firme y nos daba toda la confianza del mundo para llevar cada uno de nuestros asuntos solos; supervisaba algunas cosas, pero no hacía nada por nosotros: nos alentaba a resolver y hacer las cosas por nuestra propia cuenta. ¡Ufff! Qué difícil es encontrar ese apoyo en los inicios de la vida laboral.
Mamá Lucy era la mediadora entre la Lic. Paty y nosotros en cuestiones como: firmas, llegadas tardes y permisos; también nos defendía cuando algún consultante nos trataba mal y en general cuidaba mucho de nosotros. Eso lo amaba profundamente, me hacía sentir como en casa y muy cómoda.
Como en otros momentos de la vida, yo tenía que ver la manera de conseguir dinero para poder pagar la escuela, mis gastos personales y las salidas con mis amigos, de esa manera solo tenía la opción de trabajar los fines de semana y así lo hice cuando me integré a Bariloche.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.