Anécdota no. 3.
Recuerdo que, cuando trabajaba hace mucho tiempo, en la Colonia del Valle, una compañera y yo nos pusimos de acuerdo para acudir al teatro que, acá entre nos, a mí nunca me ha gustado en realidad. Sin embargo, como decía, esa compañera y yo decidimos visitar el teatro de Legaria. y justo cuando salíamos de la función, casi en la puerta, me encontré de frente con una compañera de la Universidad.
Ella también iba acompañada de otra persona. Como quedamos frente a frente, lo que seguía a continuación era la presentación respectiva y mutua de nuestras acompañantes, y, cuando yo quise tomar la palabra me detuve “en seco”, pues no recordé el nombre de esta muchacha, y enmudecí por unos segundos, los cuales me parecieron siglos.
Después de semejante “laguna” y bochorno, esta chica tomó la palabra y mencionó su nombre. Yo con gran pena y el rostro rojo de rubor dije su nombre titubeando y tartamudeando, y de ese modo presenté a mi compañera y ella hizo lo propio con su acompañante.
Después de eso, casi salí corriendo del teatro junto con Pilar, y como dice el clásico, quería que me tragara la tierra. No recuerdo que me dijo Pilar, pero expresó algo con respecto a mi olvido; tampoco recuerdo que le respondí.
Lo peor del caso, es que a pesar de todo lo ocurrido, el nombre de esta condiscípula lo olvidé completamente.
Hola Lucina. Todos y todas pasamos por una situación así. La memoria es traicionera como la suerte. Cuando más la necesitamos, más se encapricha y nos da la espalda para dejarnos caer en la desgracia. Sin embargo, son vivencias que nos alegran el día cuando las recordamos con el paso del tiempo. Saludos.
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