04 diciembre, 2020

Cenizas de redención

 

Por Juan Francisco

Estoy sentado en el viejo sillón de la sala. Me hundo en él. El paso del tiempo lo ha destrozado tanto como a mí. Me es imposible dejar de pensar en ti; en el recuerdo de tu inesperada muerte. Aquel sentimiento me atormenta todas las noches. Las pesadillas hacen imposible que pueda dormir. Me arranco el cabello y me muerdo las uñas por no poder descansar, sin sentir un profundo y doloroso estremecimiento.

Ayer al tratar de dormir te vi parada frente a mí. Estabas mirándome desde los pies de la cama. Llevabas aquel vestido que odiaba tanto. Lo odiaba porque te hacia ver sensual; tu belleza quedaba a la vista de otros hombres. Sabes que odiaba verte así. Ningún hombre podía verte, sólo yo. Sólo yo podía poseerte. Pero esa noche sabía bien que no eras tú. Tu rostro estaba inmaculado. No tenías las cicatrices de todos los golpes que te propine durante años. Ni siquiera tenías las marcas de aquella noche. Esa noche, en la que la bestia que habita en mí te hizo pedazos. Rompí cada parte de tu cuerpo como si fuese un cristal. No sólo te destruí físicamente, también te arranqué la vida.

Pienso que debí detenerme cuando me lo pediste. No era mi intención hacerte tanto daño. Jamás entendí por qué llegué a ese extremo. Sólo quería protegerte. Amarte era mi más sincera intención. Tenerte a mi lado era una realidad que destrocé como lo hace el paso del tiempo con las hojas de los árboles.

El demonio y la irracionalidad tomaron el control de mi cuerpo. La ira y el desprecio arrancaron el timón de mis acciones. El desprecio a mí mismo y el miedo a perderte fueron quienes me instaron a disparar. Estabas ahí, a mis pies, inconsciente. Mis golpes te habían arrancado tus maltrechas alas. Un cuerpo casi muerto me suplicaba piedad. No tuve piedad contigo… Perdóname… Por favor, perdóname.   

Esa vez fue diferente. No sólo fueron golpes y humillaciones. Por desgracia, esa noche tenía el arma entre mis temblorosas manos. La maldita arma fue un regalo de mi padre antes de que muriera. Un regalo que era capaz de apuntar en dos direcciones, pero que mataba lentamente sólo por una de ellas.

Aún puedo verte tirada a mis pies, sobre un charco de sangre color escarlata. Ya no me mirabas con miedo. En tus ojos había una paz celestial que sabía que era inalcanzable para mí.

Aún hoy, no puedo quitarme de la boca ese asqueroso sabor a alcohol barato. No puedo desprenderme de ese aliento olor a sangre. No me deja en paz tu recuerdo nocturno, tus visitas reclamando mi pútrido cuerpo.

Te odiaba… Te amaba… Te quería a mi lado… Te deseaba lejos de mí.

¡Maldita sea! Me odio a mí mismo ¡No puedo dispararme! ¡Soy un cobarde! Tengo miedo de arrebatarme la vida. Soy un maldito que teme morir, pero que no dudó en matarte. Contradicción total que demuestra mi insignificancia y tu magnificencia. Aún muerta sigues demostrándome que no valía nada como hombre.

Estoy cansado cariño… He decidido que no podré acabar conmigo de la manera como lo hice contigo. En estos momentos ya no tengo nada ni a nadie. Lo último que me quedaba lo perdí; se marchó contigo, con tu recuerdo.

Las perillas están abiertas. El gas comienza a salir. Desde hacía diez años que no fumaba. Es un momento excelente para comenzar de nuevo. Tú odiabas que fumara en casa. Creías que eso me mataría algún día. Creo que tenías razón…

La pequeña luz en la punta del cigarro está encendida, pudo sentir su calor entre mis dedos. Cierro los ojos. Puedo sentir cómo se aproxima con paso seguro la redención.

Cariño mío, desde el infierno esperaré que algún día puedas perdonarme.




No hay comentarios.:

Publicar un comentario

LPT: Cruzando la frontera de la ficción.