Por Juan Francisco
Están tocando el timbre de la puerta de mi casa. Es mi día de descanso. No quiero visitas de nadie. Además, nadie me ha visitado en años. Estoy un poco molesto por la interrupción, pero al mismo tiempo siento curiosidad. Camino hasta la puerta y la abro. Cuando la puerta termina de abrirse, mi corazón se detiene.
–Hola.
No
logró articular ninguna respuesta. A quien veo parada frente a mí, es a una
mujer de unos cuarenta años. Sigue siendo tan bella. Su
mirada continúa reflejando esa vitalidad y rebeldía que recordaba. Después de
veinte años de no vernos, aún tengo clavado su nombre en mi memoria.
–Perdón
por molestarte, quizás no me recuerdas después de tantos años. Soy…
–Fernanda
–le respondo mientras mi corazón vuelve a latir a marchas forzadas. Es como una
locomotora que comienza un largo viaje hacía el pasado.
–Sí,
soy yo –me dice y sonríe–. Sé que es confuso que esté aquí, pero tenía
que verte. ¿Sabes? Después de veinte años aún sigo soñando contigo. Es absurdo,
lo sé. Pero aún siento algo muy fuerte por ti. Me he casado dos veces y todavía
sigues siendo el hombre con el que deseo estar. Sé que nos separamos en los
peores términos. Éramos demasiado jóvenes en aquel entonces. Sin embargo, sigo
atada a ese amor de juventud. Quiero que lo intentemos de nuevo, Sergio, por
favor. ¿Me sigues amando tanto como yo a ti?
–Fernanda,
yo…
El
cuerpo lo siento como una roca inerte. A pesar de que mi corazón late con desenfreno
algo en mi interior se mantiene en total oscuridad. Un sentimiento que no logro
identificar. Un sentir helado como la nieve surge de lo más hondo y brota por
mis labios en formas de palabras ajenas al amor que aún despierta Fernanda en
mí.
–Lo
siento, yo ya te he olvidado.
Cierro la puerta sin poder mirar a Fernanda a los ojos. Cuando la puerta se cierra dejo caer mi cabeza sobre ella. Escucho como se aleja caminado. Aquella chica sigue siendo mi más grande amor; aquel que no pude olvidar, después de veinte años. Esperé esa oportunidad por tanto tiempo, que una parte de mí, la parte que quería entregarse en sus brazos, murió. Tras mi puerta sólo quedan escombros de un desamor.

Francisco,
ResponderBorrarQue maravillosos son tus textos; he leído ya varios y tienes una forma de narrar única. Verdaderamente puede el lector verse inmerso en las escenas y posicionarse desde la piel de los personajes, uno recrea vividamente las emociones y diálogos. Felicidades por tus trabajos, la sensibilidad para trasmitir todo esto es impresionante.
Saludos.