Hoy
es el día de mi boda. Por fin, Sofía aceptó casarse conmigo. Después de quince
años de noviazgo. No fue sencillo que aceptara casarse conmigo. La principal
razón, según Sofía, era que yo era una persona muy descuidada. Yo tendía a
extraviar todo lo que me llegaba a mis manos. Entre las cosas que llegué a
perder se encontraban: las llaves de nuestro departamento, las llaves de nuestro
auto, sus regalos de aniversario, un par de perros chihuahua, un gato siamés,
su bolso favorito y otras cosas que la verdad no recuerdo qué eran.
Sofía
temía que si aceptaba casarse conmigo yo terminaría extraviando nuestros
anillos. Después de muchos años logré convencerla de que eso no pasaría. La
solución: le pediría a mi mejor amigo que guardara los anillos y me los diera
en el momento preciso durante la celebración de la boda. Ella finalmente aceptó esa
solución porque confiaba mucho en mi amigo.
En
fin, los preparativos se realizaron. Vino mucha gente, mucha familia. El
sacerdote estaba muy alegre. Más todavía, cuando le ofrecí una copita de vino.
Todo marchaba de maravilla hasta que pasó una hora, dos horas, tres horas y Sofía
no aparecía. La busqué por todas partes sin éxito. Las murmuraciones comenzaron
a dominarlo todo. Lo más extraño era que mi amigo tampoco estaba ahí. Eso me hizo
pensar en muchas cosas. Todas mis sospechas se confirmaron cuando recibí una llamada de
Sofía.
Con
un tono despreocupado, me dijo que se había fugado con mi mejor amigo. Se amaban
desde hacía dos años y había decidido fugarse. Sin decir más, colgó. Ni siquiera
se disculpó conmigo.
Uno
a uno los asistentes se fueron marchando. Algunos me miraron con lástima y
otros me ofrecieron palabras de consuelo. Al final, cuando todos se habían
marchado, me senté en una de las mesas vacías y sonreí. Lo que había
desaparecido ésta vez de mi vida, al final me había dejado algo bueno. Pero sentía
un poco de tristeza por aquellos anillos, me habían constado una fortuna.

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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.