17 marzo, 2021

I / El inicio

Por Carolina

I

Era la calurosa mañana de un sábado de marzo en 2020. Un viaje largo, casi dos horas por la avenida más larga de nuestra CDMX, pero como siempre, todo el tiempo y trayecto valen la pena si puedo  pasar una parte del día con ellas.

Llevaba entre mis cosas un estuche viejo, mal reparado por mí, pero aún funcional; el mismo que me había acompañado desde los últimos años de primaria hasta el término de la secundaria. Lleno ahora de colores, crayolas y otras cosas más. Algunas cosas viejas y otras nuevas, entre ellas historias para contar.

Había pequeños grupos de niñas dispersas en todo el patio. Algunas bailando, otras haciendo manualidades, armando rompecabezas y otras más, dibujando y pintando. Mis niñas eran de estas últimas, me pidieron acuarelas y pinceles. De algún lugar consiguieron una botella de refresco; luego de  llenarla de agua, estaban listas para comenzar con su arte. 

Ellas yacían cómodamente en el piso, con las hojas empapadas, saturadas de agua y color. Pinceladas que daban forma a corazones y mensajes de cariño que compartían entre ellas en su fraternidad. Yo las miraba, también desde el suelo, sentada junto a un pilar. Lo disfrutaban tremendamente, y yo también; había en su mirada cierta fascinación en contemplar la magia de disolver las pastillas y convertirlas en trazos de color, esos que la mano obedece ejecutar al escuchar su interioridad. 

Estaban en un completo estado de fluidez, inmersas totalmente en su creación, no había contacto con el exterior: solo ellas, papel y color.  En su rostro se revelaba satisfacción al terminar su obra. Yo me había mimetizado en su emoción. Estaba mirando las expresiones de su mundo interno, a la vez que estaba transmutando en ellas, en un retorno obligado al recuerdo de mi infancia, cuando mis dedos también bailaban con los pinceles. 

Era la hora de irnos, y comenzamos a recoger los materiales. Típico de cualquier visita, todo termina desparpajado, y hay que buscar por doquier. Hay un pequeño color rosa que se ha quedado fuera de la caja, al margen de una de las jardineras del lugar.  Era mío como desde los 12 años, lo miré con cierta nostalgia, pero decidí no llevarlo de regreso conmigo, porque algo me decía que estaría mejor en sus manos, porque así como conmigo había iluminado flores y sonrisas, ahora lo haría con ellas en nuevas historias.

El goce de la remembranza de aquella dulce estampa me motivó a ir en la búsqueda del estuche de acuarelas unos días después. Las había comprado hace tiempo, y aún estaban intactas en una esquina de mi librero. Pero ya no podían esperar más, era imperioso nuestro reencuentro. Era el momento exacto, porque semanas después, recrearme en el arte sería el único escape que encontraría como  consuelo en el tedio del encierro impuesto.  

Desde niña, siempre he sentido una gran fascinación por dibujar. Entre esos recuerdos,  aún vislumbro,  la imagen de mi padre llegando a casa con esas interminables hojas de papel cebolla. Una mañana, en el juego del intercambio del ratón de los dientes, lo vi aún entre dormida: entró con cautela a mi cuarto, y se llevó el diente dejándome una caja de crayolas a un costado de la cama. Por supuesto, ese día terminó la ilusión del ratón, pero aquel regalo era una alegría que lo compensaba todo.


1 comentario:

  1. Hola Carolina. Me gusto la idea de enlazar tu biografía con una vivencia en familia. Eso demuestra la cercanía que tienes con esas personas tan especiales e importantes para ti. Además, nos introduce a un recuerdo significativo para ti. Saludos.

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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.