Por Juan Francisco
IV
Regreso a mi presente y me doy cuenta que las estrellas han cambiado de posición. En la antigüedad se creía que las estrellas representaban las almas de las personas que habían fallecido. Era un recordatorio nocturno que nos invitaba a considerar que aquellos seres no se habían ido del todo, que permanecían vigilándonos desde la inmensidad de la noche.
A mi memoria viene una estrella que aún rememoro, no sin cierta dificultad. Es el rostro de una chica de la misma edad que yo. Durante muchos años olvidé lo que ella significó en mi vida porque la consideraba una conquista, más que una persona que motivó en mí, el primer síntoma de amor.
Me encontraba en mi último año de primaria. La verdad es que cuando uno es niño todo se centra en los juegos y la diversión. En menor medida existe una preocupación por el futuro en la secundaria. Eso precisamente me pasó a mí. Me aboqué a disfrutar mis últimos instantes de niñez con mis amigos y compañeros. El deporte, en ese sentido, fue para mí una excelente oportunidad para extender el periodo de gracia infantil.
Recibí la admiración de mis compañeros y compañeras al ser un excelente portero, a pesar de que los abandoné durante el primero y único torneo que se celebró en la escuela. No me sentía seguro de tanta responsabilidad sobre mis hombros. Por ello, pese a sus súplicas, decliné participar. Puede que no me hayan perdonado por eso, pero no cargué sobre mi conciencia con la derrota que les propinaron los del grupo D.
En el basquetbol también destaqué. En ese entonces era un niño alto, considerando la estatura promedio de mis compañeros. Por lo cual no tenía muchos problemas para ganar los saques o interrumpir los pases. Eso, considero, fue lo que a ella le llamó la atención de mí. Además de mi voluntad y entrega para jugar.
Una mañana que jugábamos en el patio me di cuenta que comenzaba a dejar atrás mi infancia para convertirme en un adolescente. Jugaba con algunos de mis compañeros y compañeras. En aquella ocasión –la última que tuve antes de salir de la primaria–, me esforcé al máximo y jugué como nunca. Ganamos y yo me divertí demasiado. No digo que fuese la estrella de aquella partida de basquetbol, pero lo hice bastante bien.
Mientras jugaba crucé la mirada con una de mis compañeras. Su nombre era Fabiola. No era una chica de las que llamarían –las personas superficiales– bonitas. Empero, era una chica alta, delgada, de tez morena y con el cabello largo. Era una de las más inteligentes –si consideramos como un parámetro de medida, el promedio– no solo del salón, sino de toda la escuela. Recuerdo que era la segunda con mejor promedio: 9.9. Era responsable, atenta y bondadosa. En síntesis: una chica maravillosa. Por desgracia, no era de mi interés. Ninguna lo era. En esa etapa de mi vida no me interesaba por el sexo contrario, ni por noviazgos de unos días. Mi mente estaba centrada en los juegos y en la diversión.
En aquella ocasión, cuando cruzamos nuestras miradas, sentí algo extraño en sus ojos. Me miraban de una manera extraña. No me había mirado antes de esa manera. Eso me
desconcertó mucho. Pensé que quizás tenía algo en la cara. Ella se dio cuenta y apartó la
mirada de inmediato. Se puso colorada y siguió jugando. Le resté importancia a lo acontecido me dediqué a jugar. Una vez que terminó el partido me dirigí al baño para refrescarme con
un poco de agua. El agua fue una excelente oportunidad para refrescar todo mi rostro. Me devolvía un poco la energía que había perdido jugando. No cabe duda que un baño es la mejor forma de recuperar la vitalidad. Regresé al salón y mis compañeros y compañeras me veían extasiados, casi de una forma burlona. En un rincón estaba Fabiola con la cabeza agachada y las manos entrelazadas en su regazo. Estaba sonrojada de nuevo. Me senté en mi lugar y me rodearon de inmediato. No me dejaron respirar ni un segundo. Comenzaron a preguntarme por el nombre de la chica que me gustaba. Querían saber si yo tenía alguna otra intención con alguna de mis compañeras. Eso me hizo sentir molesto. No sabía de qué me hablaban ni porque querían saber eso. Para colmo se reían, no paraban de mostrar esas sonrisas burlonas y provocadoras.
Me sentí tan intimidado por ellos que solo pude bajar mi cabeza y clavar la vista en la mesa de mi pupitre. Quería que me dejaran en paz. Los colores se me subieron al rostro, síntoma de una rabia que comenzaba a acumularse en mi persona. Me sudaban las manos, peor que cuando se tiene un examen. Insistieron una y otra vez. Incluso comenzaron a decir que la chica que me gustaba era Fabiola. Que Fabiola y yo éramos novios, que nos daríamos besos, que lo teníamos bien guardadito. Tonterías y más estupideces que me hicieron explotar. Todavía con la cabeza agachada les grité que no me gustaba nadie del salón, que yo no tenía novia ni me interesa tener una en ese momento. Santo remedio. Me dejaron en paz. Se marcharon como una masa que ve concluido el espectáculo. Cada uno se fue a su lugar murmurando cosas que no pude entender. Sin querer volteé al lugar donde se encontraba Fabiola. Me miró y pude ver las lágrimas saliendo de sus ojos. Se levantó de su lugar y salió del salón.
No volvió a hablarme en las semanas que siguieron. Me evitaba y yo a ella. No hablamos sobre el asunto, ni siquiera el día de la ceremonia de egreso de la primaria. Ella recibió un reconocimiento como una de las mejores estudiantes de la generación. Yo la miré a la distancia entre un mar de cabezas de niños y niñas que decían adiós a esa etapa de sus vidas. A veces me pregunto qué fue de ella. Sin duda, era inteligente y muy buena en todos los sentidos. Lo más probable es que haya triunfado en la vida. Solo una vez me pregunté qué hubiera pasado si yo hubiera correspondido a su interés. Esa suposición se perdió con el paso del tiempo como el recuerdo de su nombre y el de su rostro. Ella es una estrella que coloqué en el cielo que admiro todas las noches, un lucero inalcanzable en el presente y el futuro, empero, que alumbra las sombras del pasado.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.