Por Jimena
V
El primer día de secundaria fue un caos. El proceso de alistar a mi hermana fue divertido: la bañé, la vestí, desayunó y partimos a tomar el microbús para llevarla al kínder. La dejé en la puerta y me regresé caminando. En mi monedero cargaba una tarjeta de teléfono, así que decidí llamar a casa de mi abuela para hablar con Mari. Me contestó y me dijo: “Tal vez lo mejor fue que te fueras, porque tu novio se acaba de juntar con una muchacha de la otra colonia”.
Yo sentí un escalofrío que recorría desde la punta de mis pies hasta mi cabeza; mis manos estaban frías, mi corazón latía muy rápido y de inmediato cambié de tema y le dije a Mari que el sábado platicábamos.
Cuando llegué a la casa mi tía me dijo: “¿Ya sabes que tu supuesto novio ya no te esperó?” Recuerdo que solo me senté en la sala y dije: ``Nada es para siempre. ¿O sí?” Ella no respondió nada y enseguida mi papá me estaba gritando que me apurara a cargar los bultos de cemento porque él no lo haría solo y se me haría tarde para mi primer día de secundaria.
Salí a la calle, tomé un bulto de cemento y para variar lo rompí a medio camino. ¡Claro! Pesaba 50 kilos y mi cuerpo no lo aguanto. Así que mi papá exclamó una hermosa frase: “¡Si fueras niño, esto no pasaría!”. Entonces mi cabeza, una vez más, se cuestionaba lo malo que era ser niña.
Terminé de subir los cuatro bultos de cemento que me había asignado, me metí a bañar y ahí estaba esa falda de cuadros de color gris con verde, a lado una playera blanca con los respectivos zapatos, calcetas y ese suéter verde. Todo era nuevo y una vez más, mi papá me dijo: “Compórtate bien, no quiero quejas”. Partimos a la secundaria. Él me llevó y no recuerdo una sola palabra de lo que me dijo durante el trayecto, pero al final sabía que eran advertencias seguramente.
Llegamos a la puerta de la secundaria y dijeron que teníamos que hacer una fila para entrar. Así que me formé y entré al patio. Por un megáfono se escuchó decir: “Los de 2°A de este lado”. Ahí me formé y mientras estaban los honores a la bandera, sentí la primera punzada en el estómago: recordé lo del novio. Recordé que era niña y para rematar yo no me sabía el himno a la bandera. En mi cabeza sonaba el himno a Chiapas y ése ya no lo cantaría. Entonces mis ojos me empezaron a arder, mi estómago se revolvía y con ello un dolor de garganta horrible. comencé a llorar en silencio y dejé de hacerlo casi al mismo tiempo.
Pasamos al salón y nos presentamos, todos me hacían burla por mi acento y recuerdo que una niña dijo: “Mejor te hubieras quedado en tu rancho”. Yo le respondí que si pudiera decidir, sin cuestionar la decisión de los que decidieron traerme, lo hubiera hecho.
No recuerdo que ese día hubiera soltado una risa. Lo que sí recuerdo, es que ese día mi papá confirmaba mis sospechas: que no quería rosa, sino azul; que el amor también duele y que mi lugar no estaba ahí, pero tenía que vivirlo.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.