Por Julio César
XXI
A la mitad del 2º semestre, un cuate del grupito con quien me juntaba nos presentó a 3 chavas: Samantha, Ericka y Anastasia de la carrera de enfermería. Iban 1 año adelante de nosotros. No recuerdo ni siquiera cómo las conoció. Cada una de ellas tenía un carácter diferente, pero eran amigables. Samantha era la más estudiosa e inteligente, con el mejor promedio de su generación. Era delgada y de color normal: ni morena, ni güera; un término medio. Ericka era la más alegre; un poco relajienta; ella era “la bonita”: ni tan llenita ni tan delgada y de color güero. Y finalmente, Anastasia la alegre, pero centrada en las cosas que ella quería. Ni tan llenita ni tan delgada, tirando más a ser delgada y de color moreno. Se hizo una buena amistad con ellas. Casi siempre nos juntamos en la biblioteca pública para realizar las tareas. Al término salíamos a tomar un café o a dar una pequeña vuelta. Era sana la amistad que se tenía.
En una de esas reuniones en la biblioteca, Ericka me pidió que la acompañara para hacer algo. Y sí la acompañé, pero nos vio una persona conocida de la escuela y su servilleta hacia el apantalle de que había algo más. Pero no pasó más que una amistad.
En la actualidad, a veces me encuentro en la calle a Samantha y le hablo. En cuanto a redes sociales, hablamos un poco para mantenernos al día. Respecto a las otras chicas, no he tenido contacto con ellas desde que salieron de la prepa. Salvo con Anastasia, a quien tuve la oportunidad de hablarle una vez y comentó que se casaría.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.