Por Estela
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A los 12 años, nos fuimos a vivir a Atlacomulco, Edo Mex. Esta vez se unía a nosotros un primo: Manuel. Era un año más chico que yo, huérfano y ya había recorrido las diferentes familias de mis tíos maternos. Así que podría decirse que era el turno de mi mamá.Llegamos en el mes de agosto a la casa de mi tía Lourdes, media hermana de mi padre. Nos había preparado un espacio dentro de su local (que ya no operaba o lo hacía de vez en cuando). Una cama y un sillón era nuestro espacio; también una cortina para tapar nuestra intimidad. El techo era de lámina y cuando calentaba recio el sol, aquel lugar era un horno. La única ventilación era la puerta trasera del local, que daba a donde estaban los animales: un toro y un perro. Lo que hacía que el aire que entraba, también traía el olor de sus desechos. El baño que nos correspondía era una letrina en un espacio minúsculo y con una cobija de puerta.
Mi tía ya había hecho el trámite de inscribirme a la secundaria que estaba enfrente de su casa; una de sus hijas de empleó a mi mamá para su tienda; mi papá se había quedado en el Ajusco; mi hermana iría al Conalep de Atlacomulco y Manuel acudiría a la primaria también cerca de la casa.
Dicen que el muerto y el arrimado, al tercer día apesta. Nosotros apestábamos y más que el aire contaminado que entraba al cuarto. Nosotros no podíamos bañarnos en la regadera que ellos usaban; la comida, la preparaba mi tía pero sólo teníamos derecho a una ración y no había carne roja para nosotros. Recuerdo que una semana comimos un caldo de pollo, al que se le reventó la hiel. Nuestro trabajo en su milpa era el doble del tiempo que ellos la trabajaban y además no era remunerado, porque según era nuestra obligación. La secundaria se volvió un refugio. Yo podía permanecer ahí, hasta que llegara por mí, mi mamá o mi hermana.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.