Por Carolina
IX
La mochila de la secundaria era un menoscabo para el bienestar de la columna. Entre libros de texto, cuadernos de ejercicios, libretas, diccionario, escuadras y demás, era admirable cómo lográbamos -aún así-, correr por la calle de Morelos para llegar con puntualidad al viejo portón de la escuela. Caminé por ahí apresuradamente todas las mañanas en compañía y cuidado de mi madre y todos los regresos entre risas y pláticas con mis amigos. El callejón del empedrado, Vivanco y el jardín Juana de Asbaje, eran parajes que nos pertenecían a la hora de la salida. El Centro de Tlalpan se convirtió pronto en uno de mis lugares favoritos: las construcciones de antaño, el quiosco, el mercado… Todas sus historias llenas de magia y nostalgia y su encantadora fiesta patronal en agosto, coincidente con el cumpleaños de Jorge, hacían que amara este lugar.
Mi grupo, el grupo “C”, distaba mucho de parecerse al de la primaria y a lo que era la banda de guerra. Aquí predominaba un ambiente de cordialidad entre la mayoría. Definitivamente, por lo menos para mí, el bullying se terminó en esta etapa. Aquí los sobrenombres eran con cierta gracia y hasta cariño. Y sin el sentir despectivo e hiriente que habría escuchado en otros tiempos. El “Churras”, que era mi homónimo en apellido, me decía “Godzi”, por mi estatura y el “Poli”, me decía “Soco”, por mi día de nacimiento. Aquí todos éramos llevados en buena forma. Para varios de nosotros, nuestros mejores lazos de amistad se cimentaron aquí.
Y bueno, como suele darse de entre esas interacciones cotidianas, no tardaron en aparecer los enamoramientos. La Pasita, nos había puesto el mote de “los tres García”, porque cuando pasaba lista, ahí estábamos los tres atropelladamente respondiendo al mismo tiempo. Pronto aprendimos quién era García 1, 2 y 3. Alán seguía después de mí en la lista de asistencia; nos sentaban juntos en los laboratorios y en algún punto de ese primer año mi atención comenzó a posarse en él. Era gentil y sonriente, con unos profundos ojos negros.
Me daba confianza, así que un día le pedí prestado su cuaderno de inglés para unos apuntes. En una de nuestras primeras lecciones hicimos un árbol genealógico con fotografías y el vocabulario básico de familia. Ahí estaba su foto: en mis manos. La miré como quien acaba de hallar un valiosísimo tesoro. Sonreí y suspiré. Y aunque esas no eran las notas que necesitaba, no dudé también en fotocopiar aquella hoja.
Estaba ahí de nuevo ese sentimiento, esas palpitaciones, ese indiscreto rubor que siempre me ha acompañado y que se manifiesta cada que puede para evidenciar mi vergüenza. Pero aunado al amor, Alan me despertó un sentir hasta entonces desconocido y desagradable: los celos. Lo miraba siempre en los recreos en compañía de un par de chicas con quienes reía mucho; e incluso se encontraban a la hora de la salida para tomar camino juntos. Me intrigaba su relación. Particularmente era cercano con una de ellas, quien yo creía que era su novia. Entonces mi corazón se atormentaba entre el querer, la duda y la tristeza de no pertenecer a su pequeño círculo.
Sólo lo contemplé de lejos hasta que aquella emoción paulatinamente se fue extinguiendo. Él fue mi amor platónico hasta mediados del segundo grado. Entonces se hizo novio de Quiroz, y supe que aquellas chicas eran sus primas. Pero para ese momento, aunque la noticia me dolió un poco, aquel cariño estaba ya expirando ante la evidente verdad -que anticipadamente-, vislumbraba de que no habría nada más que una ilusión de esas que fabrica el cerebro enamorado.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.