Por Rosario
Todo pasó muy rápido desde que terminaron las clases en el CCH. Estuve trabajando en verano y ahorrando para el nuevo ciclo escolar. Con gran alegría y orgullo me enteré al salir de trabajo, cuando pasé a revisar los resultados a un cibercafé, que me había quedado en mi primera opción: la Facultad de Derecho de la UNAM y me tocó el turno matutino.
Lo malo es que esa emoción se apagó muy rápido. Mi primer día de clases fue bastante pesado. Primero porque tenía que despertar a las cuatro de la mañana para llegar a tiempo; luego el profesor de la primera hora marcó una tolerancia bastante limitada. Su pase de lista era al diez para las siete. Eso significaba que debía salir de casa antes de las cinco para estar a tiempo.
Me pasó lo que generalmente me sucede: tuve problemas para hacer nuevos amigos. No conocía a nadie y el salón era enorme. Había casi cien alumnos y en ese momento tenía la sensación de que todos sabían más que yo, de todo. Así que decidí limitarme a no hablar más de lo estrictamente necesario. Participaba muy poco. La mayor parte del tiempo me sentía perdida porque no entendía lo que decían los profesores; además las clases eran totalmente teóricas, había muchos temas de filosofía y en realidad no me sentía nada bien.
Ese semestre solo hice una amiga: Jannet. Ella era mayor que yo; vivía en Tláhuac y tenía un humor bastante negro. Con un carácter fuerte, ella sí hablaba con más personas además de mí. Eventualmente conocí a algunos otros compañeros, pero me limitaba solo a saludarlos y no tenía ningún interés en conocerlos más allá.
En casa me sentía sola, no sentía a nadie cercano con quien refugiarme. Estaba enojada con papá; lo veía de lejos ser feliz con su nueva familia, consentir hasta el cansancio a mi hermano, quien era su nueva razón de vivir. Irma pasaba momentos complicados. No había estabilidad económica ni emocional en su familia. Cris era mi espacio seguro, pasaba mucho tiempo con ella y con mi sobrino.
Ese primer año de universidad fue muy duro para mí. Dejé mi trabajo de fines de semana y vacaciones por los insultos continuos que nos decía el patrón cuando se enojaba. En lugar de eso, empecé a promocionar tarjetas de crédito departamentales y ganaba solo por comisiones. Tuve poco éxito con eso. En esa época estaba en construcción la línea doce del metro y el Distribuidor Vial La Concordia; las dos obras afectaban mi trayecto a la escuela. Mi camino era de casi dos horas y media en cada ida o regreso.
Del primer semestre solo acredité tres materias; eso era la mitad. En todos los casos fue por no entregar tareas o trabajos y por exceso de faltas, pues casi nunca llegaba a tiempo para la primera hora.
Evidentemente mi promedio fue muy bajo y las inscripciones al siguiente semestre se hacían por calificaciones: de la mejor a la peor, así que me inscribí casi al final. No sabía bien cómo funcionaba la seriación de materias, pero en ese momento pensé que lo mejor era aprobar de una vez las materias que debía.
Inició otro ciclo escolar en menos de lo esperado. Mis recuerdos de esa época son algo vagos, en ese momento no sabía bien lo que me ocurría, pero me sentía enojada con el mundo y a la vez sin ganas de seguir peleando por avanzar. Parecía que había hecho una elección errónea de carrera. Nada era como había imaginado: no tenía amigos, no me gustaba la escuela, económicamente estaba muy limitada -pues mis ventas en las tarjetas no eran las mejores-, y tampoco contaba con el apoyo de mi papá o de mis hermanas. Además había arruinado el promedio y ya no podía pedir una beca.
En medio de esa incertidumbre y desesperanza, decidí desertar de la escuela. Estaba muy segura de esa decisión, así que asumí el costo de no poder darme de baja temporal o algo por el estilo, pues ya estaba muy avanzado el semestre. Solo dejé de asistir a las clases y me dediqué a buscar empleo enseguida.
Tuve que decirle a papá la verdad, porque era obvio que ya no salía temprano, que dormía hasta tarde y que me pasaba el día en mi recámara. Con mucho gusto hubiera seguido así, pero él no me dejó hacerlo. Fue claro al decirme que si no estudiaba debía trabajar y sobre todo ocuparme en algo productivo. Estaba molesto por mi deserción y no perdió el tiempo en hacérmelo saber al señalar que justo eso era lo que me había pedido, no dejar las cosas a medias...
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