Por Rosario
XIII
Hasta este momento de la historia todo parece indicar que siempre tuve muy claro lo que quería, que no cedí a distracciones o impulsos arbitrariamente. Pero la realidad es que no siempre fue así.
¿Recuerdas a aquel novio de secundaria? Resulta que hasta esta etapa de mi vida mantuve contacto cercano con él. En el último año de prepa terminamos porque en realidad ya no nos veíamos, ni teníamos intereses en común; además, peleábamos mucho y ya no era una relación bonita.
En ese intermedio, tuve un novio al que conocí en el trabajo de fines de semana. Él era lindo y amoroso a más no poder. Fuimos juntos al mirador de la Torre Latinoamericana, algunas veces al cine. En sus días de descanso iba por mí a la escuela sin importar lo lejos que estuviera de su casa. Después de eso íbamos a comer o a pasear, casi siempre me llevaba algún detalle como flores, chocolates o cartas y eso me encantaba. Era algo que muchas veces había soñado. Todo iba muy bien, hasta que en las fiestas de los viernes conocí a otro chico.
Sully, así le decían al individuo en cuestión por monstruo. Y es que en realidad no era nada guapo. Hubo un flechazo muy grande cuando nos conocimos: en el aspecto intelectual coincidimos mucho. Podíamos platicar casi de cualquier tema; los dos amábamos bailar hasta el cansancio y por si eso fuera poco, queríamos estudiar lo mismo. En ese momento pensaba que eso era amor real, ese de película: eterno, único y especial… Lo cierto es que el tipo era un ojo alegre. No sabía estar con una sola persona. Solo espero al último día de clases para terminar conmigo haciendo gala del clásico: “no eres tú, soy yo”. Lo peor del caso es que le creí. Y es que hasta ese momento no había conocido a nadie así y me deslumbró la luz, que pensé, él tenía.
Supongo que el karma hizo lo suyo porque después de haber dejado al novio del trabajo, a la que dejaron fue a mí… Me costó varios meses y no pocas lágrimas superarlo. El muy canijo no perdía el tiempo y lo vi ligando con varias chicas, pero lo peor es que cuando me hacía caso, yo estaba dispuesta a estar con él. Realmente nunca más fuimos novios, pero sí tuvimos varios episodios de romance, pues se me hacía muy listo y eso me encantaba. Sentía que había una conexión fuerte entre nosotros. Por fortuna, en algún punto del camino me di cuenta. Y con la poca dignidad que me quedaba, decidí alejarme por completo de él.
A estas alturas del partido ya había elegido la carrera. Tomé la decisión después de una plática con mi profesora de derecho: comencé preguntándole qué me recomendaba más estudiar, ¿Derecho o Ciencias políticas? Ella me contestó que los abogados siempre tenían trabajo; que aunque se trataba de un campo muy saturado, también había un montón de áreas y campos en los que se podían desempeñar. Que a su consideración, los politólogos no tenían un campo laboral tan amplio y variado. De esa manera y ya que no tenía muchas opciones para pedirle consejo a alguien, elegí la carrera de Derecho porque para mí era preferible optar por una licenciatura que sí pudiera ejercer.
Cabe mencionar que fui la primera en la familia en hacer lo necesario para ir a la Universidad. En esos momentos no tenía muy claro lo que quería hacer o cómo hacerlo. Pero lo que sí sabía, es que quería estudiar: amaba ser ñoña. Todavía no me había dado cuenta, pero así surgieron una serie de complicaciones mayores, pues incluso mi papá me dijo meses antes de terminar el CCH, que él no podía ayudarme con la escuela. De hecho le parecía mejor que me dedicara de una vez a trabajar, así no dejaba las cosas a medias.
Definitivamente esa respuesta no era lo que esperaba escuchar. Me dolió mucho no contar con su apoyo, sentí que me había cerrado la puerta en la cara y que de cierta manera había roto la relación conmigo. En efecto, la relación se fracturó bastante y es que la mayor parte de mi vida escolar tuve buenas notas, fui estudiante de alto rendimiento y siempre manifesté las ganas de estudiar.
En todo ese proceso, mis hermanas no participaron. Ellas ya eran harina de otro costal: ambas vivían la vida con sus respectivas familias; trataban de resolver lo propio y tal vez tampoco entendían mi necesidad de ir a la escuela.
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LPT: Cruzando la frontera de la ficción.