29 julio, 2021

Autobiografía XVII / ¡Estás fuera!

 Por Estela

XVII

El trabajo inestable de mi papá como vendedor de globos no dejaba muchas ganancias, por lo que mi madre tuvo que buscar otro trabajo donde la paga fuera mayor a la guardería y aceptó trabajar de cocinera en un restaurante del Distrito Federal.

Sentada en mi cama vi a mi madre hacer una maleta, poner su alarma del día lunes a las 5:00 am. Contemplé la incomodidad de mi padre de sentir su ausencia y su sentimiento de no querer hacerse responsable de una tarea que según él, no le pertenece a los hombres: cuidar a sus hijas. También observé cómo la tristeza encogió a Ana; hasta el grado que intercambiamos papeles: ella tomó el rol de hermana menor. Yo me percaté de que le hacía falta más una mamá que una hermana y sin hacer casting o sin que me lo impusieran, me adjudiqué el papel de su madre y me obligué a madurar.

Desempeñé aquella actuación de manera muy improvisada: cocinando platillos que eran una abominación y en varias ocasiones obligaba a mi hermana a tragar. No era buena cocinando pero me gustaba la sensación que venía después. También, intentaba administrar el dinero que nos mandaba mi madre cada domingo. Y el tiempo, de lunes a viernes entre escuela, tareas y comidas se me iba el día; los sábados lavaba la ropa en una piedra que colocó Ana en la barda del lindero y la tendía en la unión de muchos lazos que iban de un árbol de tejocotes a un Tepozan.

Me hizo falta mi madre; sus sabios consejos, su compañía al comer. Pero sobre todo, en el último año de la secundaria, cuando a escasos días de la ceremonia de graduación, me quitaron de participar en el discurso de despedida porque la señora directora me creyó embarazada; en el momento de elegir la educación media superior.

Terminé seleccionando una opción donde la gente que conocía no estaría y el turno de la tarde, así no tendría tiempo para pensar o ver a Malinalli, pues quería arrebatar su recuerdo de mi mente. Miguel, que pronto se percató de mi soltería, me pidió que fuera su novia. Y yo acepté porque dicen que "un clavo saca a otro clavo". Al enterarse la familia de mi papá se escandalizaron, puesto que él mantenía amistades con "malas compañías", pero a mí no me interesaba. Mi atención, intriga, mente y corazón los poseía el chico de los rulos y "ojos achinados".

Fue un 23 de agosto cuando lo volví a ver en la víspera de la fiesta de San Bartolomé, vendiendo pan de feria. Mi cuerpo temblaba. Pasé un par de veces enfrente de su negocio. Quería que me hablara, que diera una explicación. Una tercera vez me hizo sentir ridícula. Mientras me alejaba, escuché su voz atrás:—¡Estela… do!—

Era normal escuchar chistes que se inventaba con mi nombre. Me abrazó y me dio un beso cálido. Su actitud era como si esos 5 meses no hubieran existido y otra vez me envolvió con su cabellera. A Miguel dejé de contestarle el teléfono y mensajes. Fue Malinalli quien terminó con él desde mi teléfono. Miguel manifestó su molestia dedicándome la canción de Amargo adiós de Inspector...

Adiós a Miguel, adiós a mi infancia, adiós a mi madre, adiós a lo que un día fui y próximamente adiós a un mal trago.

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